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viernes, 2 de octubre de 2015

Subjetividad y conservación de la biosfera

Los naturalistas tendemos a pensar que, en materia de conservación de la diversidad biológica, lo mejor es tomar decisiones siguiendo sólo criterios objetivos. Sin embargo, parece que la mayoría de las personas prefiere guiarse por criterios subjetivos, basados en su propia relación personal con la biosfera. Quizá deberíamos buscar un equilibrio entre ambas visiones del mundo.

Nuestra especie ha seguido una evolución muy particular. Aunque nuestro desarrollo como personas a lo largo de la vida (ontogenia) se caracteriza por ser lento, nuestra historia evolutiva (filogenia) ha sido tremendamente veloz. Pensad, por ejemplo, que hace apenas 10 millones de años compartimos un ancestro común con los actuales chimpancés y bonobos. Y hay pruebas de que, en tiempos del Homo ergaster, hace casi dos millones de años, nuestros ancestros africanos ya era capaces de gestionar el fuego con fines cinegéticos. Antes pensábamos que el dominio del fuego era cosa de neandertales europeos, de hace medio millón de años, pero ahora sabemos que el uso del fuego se remonta mucho más atrás en el tiempo. 

El origen del Homo sapiens arcaico, no tiene más de  200.00 años. El primer intento de nuestra especie de salir de África se produjo hace unos 100.000 años y unas decenas de miles de años después, hace entre 70 y 75.000 años, sufrimos un declive numérico catastrófico, con su correspondiente cuello de botella genético, que nos redujo  a unos pocos miles de mujeres fértiles (la Eva mitocondrial de los genéticos). Pero, sorprendentemente, conseguimos resurgir de nuestras cenizas y hace unos 40.000 años invadimos Eurasia y Oceanía. En este proceso fue donde se gestó el ser humano moderno, donde nacimos realmente "nosotros". Fue poco después cuando apareció el arte parietal en las cuevas del sur de Europa. Surgen por primera vez actividades no prácticas, no dirigidas directamente a nuestra supervivencia. Nosotros somos descendientes directos de aquellos primeros humanos modernos que entraron en Iberia hace 40.000 años y que fueron adquiriendo posteriormente las modas y costumbres neolíticas transmitidas desde el oriente europeo y también sus genes. 

Aquellos supervivientes africanos del invierno nuclear causado probablemente por la explosión del supervolcán Toba, en la actual Sumatra, no fueron unos individuos cualesquiera. Tampoco fueron los más fuertes ni los más inteligentes. Los seleccionados fueron personas con una mente especialmente “alucinada”, como le gusta recordarnos a Juan Luis Arsuaga, co-director de las excavaciones de Atapuerca.

Cacería de ciervos representada en la Cova dels Cavalls, uno de los abrigos del barranco de La Valltorta (Tirig, Castellón). Las pinturas tienen unos 7.000 años de antigüedad. Como resultado de la mente simbólica, que hace tan complejo al ser humano, el arte rupestre levantino no copiaba del natural sino que se alimentaba de nuestros sueños y alucinaciones (foto: Rafael Martínez Valle).

Raciocinio objetivo y subjetivo
Nuestros antepasados más directos eran seres dotados de una imaginación inusitada, capaces de reinventar el mundo a su antojo, lo que les dio esperanzas para sobrevivir tras aquella enorme catástrofe natural. Crearon mitos, símbolos y seres mágicos, que les llevaron a imaginar que somos dioses o hijos de dioses, creados a imagen y semejanza de seres todopoderosos (pensad en la gran afición de los niños ante los objetos humanos poderosos como grúas y camiones y su admiración por los superhéroes). También esa extraña característica humana que llamamos arte (en todas sus manifestaciones) es hija y consecuencia de todo ello (de la selección de la mente simbólica) y nació estrechamente ligada a los primeros ritos mágicos, a los primeros chamanes o chamanas. Es posible que, a partir de ese momento, que podemos situar en torno a las pinturas de Altamira, Lascaux y Chaveut, el pensamiento mágico pasara de ser un mero subproducto de nuestra encefalización a convertirse (por co-opción o reutilización) en un producto netamente adaptativo. Así, la trascendencia, el símbolo y la magia se convirtieron en un factor capaz de incrementar nuestra eficacia biológica (son una exaptación en definitiva).


Petroglifo de la Edad del Bronce en Laxe da Carballos (Parque Arqueológico de Campo Lameiro, Pontevedra). Se observa perfectamente un gran ciervo astado con flechas clavadas y una cuerda al cuello. Foto del autor. De nuevo, la escena es una recreación propia de la compleja mente simbólica humana. Foto del autor.  
Un guerrero paleolítico dotado de esas herramientas psicológicas no era invencible, pero sí al menos difícil de batir (tenía esperanza, fe en el futuro, capacidad de autosuperación, como un ciclista cuando trepa a dos ruedas una montaña bien empinada). Estaba guiado y fortalecido por un impulso fuera de lo puramente objetivo. Un impulso racional, pero subjetivo, distinto a las emociones que heredamos de los primares, que incorporó a su percepción de la realidad. De alguna manera, ese impulso era tan real como el hacha y la flecha. Cuando el ser humano desde entonces imagina ángeles, en cierto modo estos se convierten en realidad (1). Así somos y hemos sido, desde la invención de la rueda hasta la teoría de la relatividad. Conviene no olvidarlo.

Para bien o para mal, estamos lejos de ser esos seres capaces de total objetividad que creemos o nos gustaría ser. Esos que toman decisiones basadas únicamente en la evidencia. Ese sería un ser humano imaginario, casi tan inventado como los ángeles. Es cierto que cada día adoptamos decisiones con nuestro cerebro pensante, aunque imbuido de emociones. Pero además de las ecuaciones de Einstein, ese cerebro pensante nuestro puede generar monstruos a partir de los goyescos sueños de la razón o relojes fundentes en los cuadros de Dalí. Ambas vías racionales, la objetiva y la subjetiva, son intentos de explicar la realidad. Ambas rayan a igual altura y son dignas de respeto, como propiedades que nos definen como seres humanos, con nuestras glorias y nuestras contradicciones, ya digo para bien o para mal, nos guste o no nos guste.

Ballenas atrapadas por el hielo
El 27 de octubre de 1988 el diario El País se hizo eco de la liberación de un par de ballenas grises en Alaska gracias a la colaboración de dos rompehielos soviéticos, un equipo norteamericano y varios grupos de esquimales. En la operación de rescate se invirtió aproximadamente un millón de dólares, mucho dinero para lo que suele dedicarse a la conservación efectiva de cetáceos o de cualquier otra cosa. No obstante, el bloqueo accidental de ballenas debe ser habitual en el Ártico y no tiene mayor consecuencia objetiva para el destino de las especies afectadas. Son, por así decirlo, anécdotas desafortunadas. Gastar tanto dinero en liberar a dos ballenas, atrapadas por causas naturales, puede calificarse de insensatez. Sin embargo, desde el momento en que la escena sucede ante los ojos de un ser humano, cobra una nueva dimensión. Sobre todo si luego se difunde a todo el mundo a través de la televisión.

Es entonces cuando se despiertan profundas emociones relacionadas con la ayuda ante las adversidades y pensamientos subjetivos como el apoyo, la solidaridad y la empatía. Lo que no es estrictamente un problema de conservación de la biosfera acaba por convertirse en un asunto importante. Las dimensiones emotiva y racional-subjetiva  del ser humano lo acaparan y lo acrecientan. Además el asunto de las ballenas tuvo lugar en plena Guerra Fría, antes de la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. En semejante tesitura, las ballenas pudieron servir de excusa, conscientemente o no, para demostrar buenas intenciones entre Oriente y Occidente.

Descastes de gaviotas
Veamos otro ejemplo, aunque en sentido contrario: los descastes de gaviotas patiamarillas también se explican desde esta perspectiva dual. No hay en realidad razones biológicas que los justifiquen, por mucho que se empeñen sus promotores en darles un tinte científico. En realidad, las gaviotas se matan porque las personas las perciben como un problema. Las razones son varias pues, aparte de ser abundantes y depredadoras, resultan molestas, ensucian los yates de los ricos y pueden comerse el bocadillo de los niños en el recreo. Incluso, en determinadas circunstancias, llegan a ser agresivas. Ninguno de estos inconvenientes genera graves impactos, sino más bien algunas protestas y cierta alarma social. Poco o nada tienen que ver aquí la biología o la ecología.

En situaciones como esta suelen haber una disparidad de criterio entre los biólogos teóricos y los que se encargan de gestionar las especies sobre el terreno. Los primeros hacen bien su trabajo y están en lo correcto cuando recomiendan que no se hagan descastes, tanto por ser innecesarios como por su escasa eficacia en la mayoría de los casos. Pero los segundos no dejan de tener cierta razón cuando se sienten entre la espada y la pared, hoy más bien un muro de Facebook. ¿Qué hacer? ¿Quién procede correctamente? ¿El que abandera la vía objetiva o el que enarbola la postura subjetiva, más humana si se quiere?

Doble perspectiva
Yo no voy a dar la respuesta. No la tengo. Sólo estoy convencido de que ambos universos deben hablar y entenderse. Sabiendo, eso sí, de dónde viene cada uno y poniendo de su parte para entender al otro. Quizá de ahí emanen soluciones justas e intermedias, que contenten la visión subjetiva, centrada en el ser humano, pero sin producir grandes daños en los ecosistemas, que con frecuencia no precisan de intervención alguna.

Pero, desde luego, no podemos seguir como estamos, sujetos a posturas estrictas y sin solapamiento en las mesas de negociación. Todo esto vale tanto para las ballenas atrapadas en el hielo, como para las plagas de topillos en Castilla, para los descastes de aves molestas o para el futuro del lobo ibérico. Cada uno encontrará, sin más ayuda, aplicación a lo que digo en su problema favorito o más cercano. No minusvaloremos ninguna de las maneras de manifestarse del complejo cerebro pensante del ser humano. Somos tanto un manojo de pensamientos alucinados como una cabeza cartesiana. Las dos cosas han sido vitales para llegar hasta aquí. Las dos visiones del mundo aportan belleza de uno u otro tipo y son complementarias. Puede ser una situación de partida que quizá consideremos indeseable, pero es la que hay, producto de una larga y contingente historia evolutiva. Con tales mimbres tendremos que tejer los cestos que deseamos, como dice el refrán. Son los únicos mimbres que tenemos y hemos de usarlos de la mejor manera posible. 

Bibliografía

(1) Slobodkin, L.B. (2001). The good, the bad and the reified. Evolutionary Ecology Research, 3: 1-13.



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miércoles, 3 de junio de 2015

Como un huevo y una castaña

La unidad de la vida es un hecho evolutivo, hasta tal punto que las sustancias fotorreceptoras de nuestros ojos parecen remontarse a las cianobacterias, como vimos en el detective del pasado mes de abril. Sin embargo, plantas y animales se separaron tan temprano en la historia de la vida que ni la ecología ni la evolución de ambos reinos son totalmente equiparables.

Aspiramos a tener leyes biológicas universales. Un deseo que no podrá hacerse realidad hasta que la exobiología, o biología de la vida extraterrestre, sea un hecho. No es un propósito imposible, pero sí difícil de conseguir. Casi tanto como tratar de conocer nuestra propia ecología en ambientes donde coincidieran varias especies de humanos. En realidad esa extensión heteroespecífica de nuestra naturaleza, a la que se debe que llevemos a cuestas el ADN de al menos cuatro especies de homínidos, quedará para siempre en el cajón de los deseos.

Parece más asequible, sin embargo, tratar de disponer de una biología que unifique toda la vida de nuestro planeta, sin duda una de las actividades más serias a las que puede dedicarse el intelecto humano. Procariotas, protistas, hongos, plantas y animales compartimos las mismas bases bioquímicas. Contamos con moléculas autorreplicantes y rutas metabólicas conservadas desde muy antiguo. Pero también somos muy diferentes.

Sésiles y móviles
Una de las principales diferencias es que las plantas son sésiles –es decir, están ancladas al sustrato– y eso determina toda su ecología. Algunos animales marinos, como corales y esponjas, tienen en eso un parecido notable con los vegetales. De hecho, las primeras formas vivas tenían simetría radial probablemente a causa de su naturaleza sésil. Si no te puedes mover del sitio, es mejor poder responder a los estímulos que te lleguen en un ángulo de 360º. Los animales bilaterales evolucionamos en realidad a partir de las larvas de las formas sésiles, que sí son móviles. Nuestra simetría bilateral proviene de ahí.

Que las plantas sean sésiles implica que no pueden salir corriendo ante una situación de peligro, como la que representa un herbívoro, y por eso han desarrollado todo tipo de sustancias químicas de protección. Por eso recurrimos a las plantas (y los animales sésiles marinos) en busca de posibles curas para nuestras enfermedades y no tanto a los animales terrestres móviles. En realidad, en mayor o menor medida, todas las plantas son tóxicas. Quieren que se consuma su néctar y su polen, porque con ello consiguen reproducirse sexualmente. También quieren que se consuman sus frutos, porque logran así dispersar sus semillas. Pero de ninguna manera quieren perder sus partes verdes fotosintéticamente activas, las placas fotovoltaicas de donde emana la energía química para fabricar precisamente su néctar, su polen y sus semillas. Así pues, es normal que los niños tengan una tendencia innata a evitar el consumo de verduras. Sus hígados, nuestros órganos por excelencia para eliminar sustancias tóxicas, están poco desarrollados y pequeñas dosis de hojas (pongamos inofensivas lechugas o espinacas) podrían resultarles dañinas. A eso se añade que encima no dejamos a los pobres niños comer tierra, cuando muchas veces lo intentan de forma instintiva. Ese hábito de comer barro tiene mucho sentido entre herbívoros y frugívoros, porque la arcilla también contribuye a eliminar tóxicos. La cocción tradicional en recipientes de barro debía ayudar en este proceso de eliminación de sustancias indeseadas en los vegetales cocinados (1). La cocción en cualquier recipiente es nuestra estrategia para vencer los tóxicos de las plantas; una ventaja a la que llegamos sólo después de dominar el fuego.

Los animales, por el contrario, podemos salir corriendo ante un peligro y no necesitamos estar dotados de un arsenal químico, como las plantas. Los que sí han desarrollado su propio arsenal de defensas químicas tienen escasa capacidad de desplazamiento y lo advierten a las claras con colores llamativos, para que quede claro el riesgo de ingerirlos. Es el caso, por ejemplo, de las coloridas babosas marinas (nudibranquios), lentas pero seguras.


Una castaña y un huevo de gallina. Símbolos de las enormes diferencias que median entre los mecanismos reproductores de animales y plantas, a pesar de tener un origen evolutivo común (Foto del autor)

Conservar plantas
De manera que conservar animales y plantas son empresas muy distintas, aunque a menudo nos empeñemos en aplicar las mismas reglas y estrategias a ambos mundos. Para empezar, es muy difícil asegurar que una planta se ha extinguido. La razón es que, aunque no la veamos durante años, sus semillas pueden estar presentes (aunque dormidas) en el suelo. De manera que, si llegan a darse determinadas condiciones ambientales, la planta vuelve a germinar para sorpresa de propios y extraños. Eso es impensable en el mundo de la conservación animal.

Los espacios protegidos probablemente tienen más sentido para seres sésiles que para seres móviles, a no ser que sean de enorme extensión o que se diseñen a modo de red en la que queden cerca unos de otros. En realidad, son islas inmersas en una matriz modificada y, en gran medida, inhóspita. Serían el equivalente de islas (no oceánicas, es decir, no volcánicas) que se originan sobre la plataforma continental con los ascensos del nivel del mar. Zonas que antes estaban unidas al continente y que luego quedaron separadas entre sí. Su destino, según predice la teoría ecológica, es la pérdida progresiva de especies desde el momento del aislamiento (2). Imagino que este problema es menos exagerado en el caso de las plantas, que en poblaciones isleñas desarrollan adaptaciones ante la escasez de individuos de la misma especie y también de polinizadores. Por ejemplo, pueden autofecundarse o modificar su ciclo reproductor para hacer más probable la polinización (3). Todo esto es impensable en el mundo animal. Sólo la dispersión en un paisaje fragmentado puede mantener a las especies en el tiempo, pero a cambio de un alto coste; o si no, que se lo digan a los casi 20 linces atropellados en el año 2014 en España.

Evolución en plantas y animales
Es tentador separar a plantas y animales como organismos que en el pasado domesticaron, respectivamente, cloroplastos y mitocondrias de vida libre. Pero sería falso. Las plantas no sólo tienen cloroplastos, sino también mitocondrias. Podríamos decir que las plantas son más complejas que los animales a escala celular. Gracias a los cloroplastos, fabrican su propio alimento a partir de la nada, como ya dije en otra ocasión (4), y luego queman lo sintetizado en las mitocondrias para recuperar la energía química contenida en los enlaces de esas moléculas, cuando la luz no está presente. De hecho la productividad efectiva de una planta es la resultante de restar a la fotosíntesis la respiración. Nosotros, los animales (seres heterótrofos), no seríamos nada sin las plantas; nuestra evolución habría sido inviable y, desde luego, ellas nos precedieron. Lo más parecido a una quimera planta-animal son algunos protistas (un tipo de paramecio o ameba) portador de cloroplastos. Pero los protistas (antiguos proto-zoos) no llegan a ser verdaderos animales (eu-meta-zoos), como no lo son tampoco las esponjas (para-zoos).

El argumento de mayor peso que separa a animales y plantas es el que Carlos M. Herrera aborda en la introducción de su libro sobre la alta variación dentro de un mismo individuo vegetal y como ello determina su interacción con los animales (5). Hace referencia a las diferentes estrategias de desarrollo en animales y plantas, diferencias debidas a que sus caminos evolutivos han sido independientes. En los animales, los linajes celulares reproductivos y somáticos divergen temprano en la embriogénesis, mientras que en las plantas las estructuras vegetativas y las reproductoras comparten un linaje celular común. Es decir, las células de las plantas retienen todo el potencial de diferenciación hasta muy tarde a lo largo de su desarrollo. Esto hace que sean seres modulares, construidos por repetición de un mismo módulo: el metámero. Las plantas son como un juego de construcción para niños, que fabrica el todo mediante adición de una secuencia de piezas idénticas, bajo la influencia de las características del medio.

Dos reinos, dos teorías
En definitiva, tanto la naturaleza sésil de las plantas como sus peculiaridades somáticas y el hecho de poder reproducirse asexualmente, hacen de ellas unos seres en los que la evolución procede por caminos muy distintos a los del reino animal. Así, en las plantas, las mutaciones somáticas (es decir del cuerpo) pueden ser transmitidas a las células reproductoras (gametos); la poliploidía (organismos con más de dos series completas de cromosomas) es habitual entre ellas y da lugar a nuevas especies vegetales de forma rápida; y la epigenética, que frecuentemente dota a las inmóviles plantas de plasticidad fenotípica (como fabricar hojas punzantes en su parte baja, al alcance de los herbívoros) es un mecanismo evolutivo más frecuente en el reino vegetal, aunque también se da en el reino animal (6).

Como dice Herrera, puede que necesitemos dos teorías evolutivas: una para las plantas y otra para los animales. La evolución se ha estudiado mucho más en los animales que en las plantas y las conclusiones obtenidas en un grupo no son necesariamente válidas para el otro. Eso nos aleja del ideal científico de obtener principios universales. Pero si Einstein y la teoría cuántica matizaron a Newton en lo tocante a las leyes físicas que son aplicables a lo muy grande (planetas) y a lo muy pequeño (partículas subatómicas), no es de extrañar que en biología nos veamos forzados a reconocer que las plantas y los animales, aun teniendo un origen común, son tan distintos como un huevo y una castaña. Ambos escogidos, medio en broma, como ejemplos de unidad reproductora de animales y plantas. 

Bibliografía

(1) Barlow, C. (2000). The ghosts of evolution. Basic Books. New York.
(2) Newmark, W.D. (1987). A land-bridge island perspective on mammalian extinctions in western North American parks. Nature, 325: 430-432.
(3) Pérez-Bañón, C. y otros autores (2007). Pollination in small islands by occasional visitors: the case of Daucus carota subsp. communatus (Apiacea) in the Columbretes Archipelago, Spain. Plant Ecology, 192: 133-151.
(4) Martínez-Abraín, A. (2014). Cómo crear materia viva a partir de la “nada”. Quercus, 339: 6-8.
(5) Herrera, C.M. (2009). Multiplicity in unity. The University of Chicago Press. Chicago.
(6) Skinner, M.K. y otros autores (2014). Epigenetics and the evolution of Darwin’s finches. Genome Biology and Evolution. Disponible en: Doi:10.1093/gbe/evu158.



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martes, 9 de diciembre de 2014

Naturaleza humanizada

Evitamos establecer comparaciones entre los humanos y el resto de los seres vivos para no incurrir en antropocentrismo, un sesgo que nos hace interpretar la naturaleza desde nuestro exclusivo punto de vista. Pero eso no anula los paralelismos entre nuestra conducta y las estrategias vitales de animales y plantas. A fin de cuentas, sólo somos la versión doméstica de un animal humano sometido a evolución durante centenares de miles de años.

Si pudiéramos plasmar en un sistema de información geográfica (SIG) la distribución espacial de los vertebrados silvestres de la fauna ibérica, creo que nos llevaríamos una buena sorpresa. Encontraríamos a buena parte de ellos  en torno a los núcleos de población humana. No son "tontos" y, como nosotros, eluden las temperaturas extremas y prefieren estar lo más cerca posible de las fuentes de agua y alimento. Buscan además lugares donde la densidad de enemigos sea baja y en ese terreno nuestras concentraciones urbanas ejercen un cierto efecto “espantapájaros” (1), al menos frente a ciertos grupos de depredadores. Estas son las razones por las cuales, pudiendo escoger un hábitat natural alternativo, las lavanderas blancas instalan sus dormideros invernales en las palmeras de un aeropuerto o en las rotondas de una gran ciudad.

Hasta hace pocas décadas no veíamos tales comportamientos con tanta frecuencia, sencillamente porque vivíamos en economías rurales donde todo lo que volaba terminaba en la cazuela. Nosotros mismos éramos parte de los depredadores. Pero, desde que nos hemos convertido en urbanitas y hemos relajado nuestra presión sobre los animales del campo, son cada vez más frecuentes esos comportamientos de habituación al entorno humano y lo serán aún más en el futuro.

La gaviota de Audouin (Larus audouinii) ha establecido recientemente una colonia de cría en pleno puerto de Sant Carles de la Ràpita (Tarragona), una zona muy humanizada. Pero es precisamente nuestra presencia allí la que mantiene alejados a sus posibles depredadores (Foto: Daniel Oro).

Aburguesados por vocación
En Mallorca, sobre todo en invierno, a menudo me invade la sensación de que el monte está vacío, hasta que llego a las proximidades de una población y el canto de los pájaros reaparece con las huertas, las rapaces prospectan la zona en busca de presas y las martas se cruzan en el camino. Los milanos reales, que se alimentaban en el gran vertedero de residuos urbanos a cielo abierto de Son Reus, hasta su reciente clausura, nidificaban también en torno a dicho basurero. Algo parecido hacen las gaviotas patiamarillas cuando escogen los grandes techos de la cárcel de Palma para dormir, simplemente porque en los aledaños quedan los centros comerciales donde acuden multitud de personas los fines de semana a comer hamburguesas con patatas fritas, que luego acaban por el suelo o abarrotando papeleras, un recurso como otro cualquiera. Esta búsqueda de alimentos alternativos es cada vez más frecuente desde que se clausuró el vertedero. De hecho, en las colonias de cría de las gaviotas cada vez se ven más huesos de oliva regurgitados. Proceden del fruto caído en los olivares abandonados, que también han sabido aprovechar las gaviotas, con decisivas consecuencias para la dispersión de los acebuches.

Los jabalíes, que por ejemplo llegaron a extinguirse en la Comunidad Valenciana por persecución directa, llegan ahora hasta el parque periurbano de Collserola (Barcelona) para buscar comida en los contenedores de basura y, si les dejáramos, se meterían hasta el centro de la ciudad. La lista de ejemplos es interminable: águilas perdiceras que crían cerca de los pueblos para aprovecharse de las palomas domésticas, nutrias que visitan las lagunas artificiales de los campos de golf malagueños (2), urogallos favorecidos por la actividades tradicionales en el Pirineo, ballenas atraídas por los desperdicios de las fábricas conserveras gallegas, focas habituadas a que las alimenten en los puertos pesqueros escoceses, linces que se sientan en las cunetas de las carreteras de Sierra Morena, halcones peregrinos que cazan en el centro urbano de grandes ciudades, águilas calvas americanas que acuden a las salidas de agua caliente de las plantas de generación de energía a pescar en invierno, porque allí el río no se congela… El fenómeno es ubicuo. Seguro que el lector puede añadir numerosos ejemplos de su cosecha a esta lista.

Rupícolas por necesidad
Por este mismo motivo, pero en sentido contrario, la flora es más salvaje de lo que podría serlo en ausencia de factores de presión. Por ejemplo, gran parte de las plantas que vive en acantilados no están allí por gusto, sino por obligación. Son así de agrestes porque no tienen más remedio. En las islas Baleares, una misma planta endémica crece en los cortados rocosos de Mallorca pero también en los suelos de Ibiza. El resultado de este experimento natural desvela la influencia de un herbívoro ya extinto, el bóvido Myotragus balearicus, que estaba presente en Mallorca pero nunca alcanzó las islas Pitiusas.

Algo parecido comenté en un Detective lejano respecto de los buitres leonados, que en Europa crían en remotos acantilados de las montañas, mientras que en la India, donde se consideran sagrados, anidan en medio de las ciudades (3). Casos equivalentes son el de las águilas calzadas de Mallorca, que no crían en árboles sino en paredes rocosas, donde quizá soporten un menor grado de molestias humanas, o el de los halcones de Eleonor de las islas Columbretes (Castellón), que crían en el suelo en los islotes deshabitados, pero se refugian en los acantilados marinos de la isla principal para eludir antaño a los fareros y ahora a los guardas,a pesar de que tienen a su disposición buenos acantilados donde anidar en los islotes sin presencia humana.

La fauna del futuro
Como comentaba en el cuaderno 278 de Quercus (4), la fauna del futuro será una fauna sin miedo. El paisaje que imagina Rosenzweig en su Reconciliation ecology (5) es cada vez más real. Preocupa pensar que podamos estar favoreciendo los genotipos menos asustadizos, como eso urogallos confiados que aparecen por ahí de vez en cuando, porque si las condiciones económicas cambiaran y volviéramos a una economía más rural muchas especies podrían pasarlo mal. De todos modos, cuesta pensar que la tendencia mundial sea un regreso masivo al campo y las especies, por su parte, probablemente sigan conservando la suficiente flexibilidad genética (variabilidad) para reaccionar de manera rápida igual que lo están haciendo ahora, tras cientos de generaciones humanas dedicadas a la persecución de cualquier ser vivo. Más bien somos nosotros los que tendremos que adoptar nuevas reglas de comportamiento para adaptarnos a la nueva situación. Las martas, por muy dóciles que se vuelvan, seguirán teniendo unos dientes muy afilados y una velocidad de reacción mucho más rápida que la nuestra.

En otro artículo de esta misma serie, pero más reciente (6), ya comentaba que la fauna silvestre no es tan todoterreno como parece. Cometen numerosas torpezas y emplean diversos trucos para sobrevivir en su día a día. Por ejemplo, emplean vías de desplazamiento rutinarias, algo que ya descubrieron en su día los tramperos y hace mucho más tiempo las rapaces nocturnas. En definitiva, que la fauna silvestre sea tan agreste, que nos tema, que viva alejada de nosotros, se debe más a nuestro comportamiento como cilicio de la naturaleza que a su verdadera vocación de vivir de esa manera. Está en nuestras manos pasar de ser un azote a ser pastores de la biodiversidad, como nos recuerda Jesús Mosterín (7), cuidando muy de cerca una fauna no tan salvaje y sintiéndonos de nuevo parte de la naturaleza. Aunque sea desde una óptica completamente novedosa dentro de nuestra historia evolutiva como especie. Es difícil librarse de los prejuicios que acarreamos, sobre todo cuando exploramos caminos nuevos como éste de los nuevos hábitos de la fauna silvestre ante nuestro superpoblado y modificado mundo. Pero debemos tratar de mantener la mente abierta, dispuesta a procesar toda nueva información que nos llegue. Aprovechando la experiencia previa, sí, pero dejándonos impregnar por el mensaje oculto de lo novedoso. Podemos encontrarnos con la agradable sorpresa de que sea posible un futuro más optimista del que ahora nos imaginamos.


Agradecimientos

A Daniel Oro y Juan Jiménez, por nuestras conversaciones sobre el paradigma cambiante.


Bibliografía

(1) Leighton, P.A. y otros autores (2010). Conservation and the scarecrow effect: can human activity benefit threatened species by displacing predators? Biological Conservation, 143: 2.156-2.163.
(2) Martínez-Abraín, A. (2010). Patrones emergentes. Quercus, 292: 6-7.
(3) Martínez-Abraín, A. (2010). Flexibilidad. Quercus, 288: 6-7.
(4) Martínez-Abraín, A. (2009). Gestionar el miedo. Quercus, 278: 6-7.
(5) http://en.wikipedia.org/wiki/Reconciliation_ecology
(6) Martínez-Abraín, A. (2012). Torpezas y trucos. Quercus, 317: 6-8.
(7) Mosterín, J. (2006). La naturaleza humana. Espasa-Calpe. Madrid.

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martes, 7 de octubre de 2014

Todo depende

No es posible dar respuestas absolutas, universales, en ecología aplicada. Todas deben matizarse, pues dependen de las condiciones locales, que varían de sitio en sitio y de año en año. Para desgracia de nuestro cerebro dicotómico, amante de la seguridad de poder identificar en absoluto a buenos y malos, en lugar de en relativo a mejores y peores, la realidad se mueve en una amplia escala de grises.

Tratamos con sistemas naturales complejos, en los que juegan su papel distintos fenómenos: deterministas (evolución por selección natural), contingentes (dependientes de las condiciones previas) y estocásticos (azarosos), además de los ajustes en tiempo ecológico según la plasticidad de cada especie. Tocar una pieza de estos sistemas es garantía de complicaciones. Por ejemplo, en la isla Mercury (Namibia) la deseable recolonización por parte de otáridos de la especie Arctocephalus pusillus tuvo como consecuencia el desplazamiento de diversas colonias de aves marinas amenazadas, como el pingüino de El Cabo (Spheniscus demersus) y los cormoranes de El Cabo (Phalacrocorax capensis) y de bajío (P. neglectus) (1).

Otro ejemplo de que es imposible contentar a todos sería la creciente densidad de ungulados en los encinares mediterráneos, que acaba por reducir las poblaciones de roedores, los cuales contribuyen a dispersar las bellotas de encinas y robles. Así que, a la larga, los bosques no sólo se verán afectados por el ramoneo directo de los ungulados sobre los árboles ya crecidos, sino que el reclutamiento de nuevos ejemplares se verá reducido por la escasez de dispersores de semillas (2). Es todo muy complicado. Hay casos en la literatura científica de incremento de águilas reales o imperiales que coinciden con bajones de águilas perdiceras, lo que induce a sospechar que exista una relación de causa-efecto. Así que, ¿es bueno tener altas densidades de lobos de mar, ciervos o águilas reales? Pues, depende de para qué, para quién o en qué momento.

Sacas de madera quemada tras el incendio de Andratx (Mallorca) en noviembre de 2013. ¿Debe sacarse la madera quemada? Pues, desafortunadamente, la respuesta depende del especialista al que consultes. Los resultados serán distintos según centremos nuestra atención en el suelo, la vegetación, los insectos o las aves. (Foto del autor)

¿Conviene sacar madera después de los incendios forestales?
¡Cómo le gustaría a un gestor ambiental tener una respuesta contundente a esta pregunta! Sin embargo, no la hay. Los incendios forestales son de muchos tipos. Por ejemplo, pueden ser grandes o pequeños y la respuesta es distinta según esta variable. También pueden afectar a muchas especies arbóreas distintas y las respuestas vuelven a ser distintas para cada una de ellas. Quizá podamos responder a la pregunta en el caso de un incendio pequeño y que afecte a una especie concreta, pero aún así dependerá de si lo analizamos desde una perspectiva ornitológica, entomológica o botánica.

En efecto, un reciente trabajo (3) concluye que la extracción de madera quemada en pequeños incendios de pino carrasco (Pinus halepensis) beneficia a las aves de medios abiertos, que van de capa caída desde el éxodo rural y la consiguiente recuperación del tapiz vegetal. ¡Un paisaje que no se veía desde antes de la revolución agrícola del Neolítico! Pero, sin duda, este resultado no sería compartido por muchos botánicos, para los cuales la extracción de madera quemada perjudica el reclutamiento de nuevas plantas, o simplemente por los amantes de las aves forestales. De manera que todo acaba dependiendo de lo que intentemos potenciar con nuestro manejo. Lo que está claro es que favorecer a todos a la vez es imposible.

¿Es negativo el calentamiento global para la biodiversidad?
He aquí una de esas preguntas que levantan ampollas y que parecen tener una respuesta afirmativa: “sí, el actual calentamiento de la atmósfera es negativo para la diversidad biológica”. Bueno, pues incluso esto… depende. Si hacemos caso de las conclusiones de un estudio, fundamentalmente alemán, realizado en la costa noroeste de África, frente a las islas Canarias, descubriremos que en los últimos 2.500 años los periodos de calentamiento se han traducido en fases de mayor afloramiento de aguas frías del fondo marino, mientras que los periodos más fríos han traído aguas calientes (4). Lo cual significa que, a medida que se intensifique el actual periodo cálido, el afloramiento costero del cabo Ghir irá a más, lo que redundará en beneficios para numerosas especies, entre ellas los grandes depredadores y las aves marinas que anidan en las Islas Afortunadas. Esto no implica ningún juicio de valor sobre la bondad del actual cambio climático. Simplemente es un hecho que no todas las especies saldrán igualmente perjudicadas o beneficiadas. A unas les vendrá bien y a otras les vendrá mal.

Otro caso parecido es el de los albatros viajeros, cuyos largos desplazamientos se han visto favorecidos por cambios en el régimen de vientos del océano austral, ya que han aumentado de intensidad y se han acercado al polo. Debido a esta modificación, asociada al cambio climático, los albatros se alimentan ahora más cerca de sus colonias de cría, su éxito reproductor ha mejorado y han aumentado de peso por término medio (5). El último caso que me viene a la cabeza es el de los pingüinos de Adelaida que han ido aumentando sus poblaciones con el deshielo de los glaciares durante los últimos 14.000 años, debido a que cada vez tienen más espacio para la reproducción y más zonas para alimentarse, de modo que su población se ha multiplicado por 135 gracias al calentamiento del planeta. Los famosos osos polares del Ártico ya están hibridando con los osos pardos (grizzlies) de lo cual pueden surgir híbridos que sean capaces de adecuarse a las nuevas condiciones ambientales de la tundra. Afortunadamente los animales tienen plasticidad de estragegias para sobrellevar los cambios. Si no quedarían pocas sobre un planeta que se caracteriza sobre todo por su dinamismo. 

Las introducidas martas (Martes martes) hacen en Mallorca un papel funcional sustitutivo de las lagartijas endémicas extintas al dispersar las semillas de ciertas plantas. (Foto internet, fuente: Wikipedia).
¿Son negativas las especies exóticas invasoras?
Otra pregunta que todos hemos aprendido a contestar afirmativamente: sí, sin duda, “exótico” más “invasor” es igual a algo negativo. Pero, desafortunadamente, las cosas no son tan sencillas. A veces las especies foráneas acaban teniendo papeles funcionales equivalentes a los que representan las autóctonas, las cuales han podido desaparecer por otras causas. Incluso en lo relativo al mutualismo planta-animal, esas relaciones pueden reajustarse sin que hayan compartido una historia evolutiva previa (6). Este es el caso de las aves introducidas en Hawai, que dispersan semillas de las plantas del sotobosque y contribuyen con ello a la facilitación ecológica de las especies arbóreas autóctonas. O, sin ir tan lejos, el de las martas (Martes martes) introducidas en Mallorca, que dispersan eficazmente las semillas de la olivilla (Cneorum tricoccon) en ausencia de las lagartijas, sus originarios agentes dispersores. De hecho, la lista de ejemplos sería muy extensa (7).

¿Afecta a la fauna la presencia de investigadores?
Es innegable que a veces los investigadores suponen un elemento perturbador para las especies que estudian (8). Pero con frecuencia no es así o influyen en muy pequeña magnitud. Más bien al contrario, en ocasiones su presencia puede tener un efecto positivo sobre los sistemas estudiados. Los humanos podemos tener un efecto disuasorio para según qué depredadores –el llamado “efecto espantapájaros”– y beneficiar sin pretenderlo a la especie que nos ocupa. Hace poco este efecto ha podido llevarse aún más allá al descubrir que la presencia de investigadores puede mantener alejados incluso a los cazadores furtivos (9). En numerosos parques africanos, donde la persecución de la gran fauna se ha convertido en una triste realidad debido al auge del capitalismo en Asia (10), las estaciones de investigación han resultado ser beneficiosas. Así que, una vez más, depende.

¿Son perjudiciales los ungulados para la flora?
Otra pregunta cuya respuesta también tiene sus matices. En aquellos lugares donde los grandes ungulados ejercen ahora presiones muy elevadas, debido a la eliminación de sus depredadores, y donde se han visto reforzados además por especies foráneas (gamos, muflones o arruís), pues lo más probable es que sí. Pero, aún en este caso, no todas las plantas saldrían perjudicadas por igual. Seguramente las que cuenten con potentes defensas químicas o físicas contra los herbívoros, sean muy amantes del sol o tengan facilidad para pasarse a la vida rupícola, no padecerán efectos negativos e incluso puede que se beneficien del abonado que dispensan los herbívoros. Sin embargo, esta conclusión requiere un análisis personalizado. Hay casos, como la isla de Mallorca, donde abundaba un pequeño ungulado (Myotragus balearicus) que no contaba con apenas depredadores hasta la llegada de los primeros humanos, a excepción del águila real. La vegetación mallorquina de los últimos 4.000 años ha tomado forma en ausencia de este gran factor de regulación y quién sabe si las cabras asilvestradas desde hace unas décadas no actuarán en cierta medida como sustitutos funcionales de un artiodáctilo que estuvo presente en las islas durante nada menos que cinco millones de años. Un hecho que, desde luego, requiere un estudio pormenorizado para poder ser respondido con fundamento (11). De hecho, en Creta –y otros lugares– se ha encontrado que los islotes con cargas intermedias de cabras domésticas tienen una mayor producción y diversidad vegetal, lo que da mucho que pensar (12). Aunque esto sólo significa eso, que en Creta se han encontrado esos resultados y no sabemos lo exportables que son.

Resultados provincianos
Exportar soluciones de unos sitios a otros, como si las conclusiones locales fuesen necesariamente universales, es una actitud peligrosa en un planeta tan diverso y cambiante. No podemos generalizar, aunque eso signifique más trabajo y más estudio. Quizá por eso se valoren las investigaciones que no tratan de una especie en concreto, en un sitio particular y durante un año cualquiera, sino aquellas que tratan de incorporar incertidumbre repitiéndose en el tiempo y en el espacio o abordando diferentes especies. Trabajos que intentan explorar los límites de la varianza en la respuesta de las especies a los impactos y con ello generar cuerpo teórico. Conviene recordar que nuestros resultados suelen ser casi siempre provincianos y que en ecología aplicada no hay regla sin excepción. Puede que los trabajos de revisión y síntesis sean los más aconsejables para orientar la toma de decisiones en materia de conservación, para lo cual es imprescindible que se publiquen no sólo las investigaciones con resultados positivos, sino también las que arrojan resultados estadísticamente negativos (13).

 Agradecimientos
 A José Manuel Igual, cuya respuesta favorita ante cualquier pregunta relacionada con su trabajo en la naturaleza es: ¡ah, depende! La cual me inspiró este artículo. A Carlos M. Herrera, quien tiene bien en mente que los problemas de la ecología vienen del hecho ineludible de ser “contex-dependent”, a diferencia de otras ciencias más basales como la física.

 Bibliografía

(1) Crawford, R.J.M. y otros autores (1989). Competition for space: recolonising seals displace endangered, endemic seabirds of Namibia. Biological Conservation, 48: 59-72.
(2) Muñoz, A. y otros autores (2009). Ungulates, rodents, shrubs: interactions in a diverse Mediterranean ecosystem. Basic and Applied Ecology, 10: 151-160.
(3) Rost, J. y otros autores (2012). The effect of postfire salvage jogging on bird communities in Mediterranean pine forests: the benefits for declining species. Journal of Applied Ecology, 49: 644-651.
(4) McGregor, H.V. y otros autores (2007). Rapid 20th-century increase in coastal upwelling off Northwest Africa. Science, 315: 637-639.
(5) Weimerskirch, H. y otros autores (2012). Changes in wind pattern alter albatross distribution and life history traits. Science, 335: 211-214.
(6) Zamora, R. (2000). Functional equivalence in plant-animal interactions: ecological and evolutionary consequences. Oikos, 88: 442-447.
(7) Martínez-Abraín, A. y Oro, D. (2013). Preventing the development of dogmatic approaches in conservation biology: a review. Biological Conservation, 159: 539-547.
(8) Martínez-Abraín, A. (2012). El efecto investigador. Quercus, 313: 6-7.
(9) Laurance, W.F. (2013). Does research help to safeguard protected areas? Trends in Ecology and Evolution, 28: 261-266.
(10) Martínez-Abraín, A. (2013). La regla del veinte. Quercus, 324: 6-8.
(11) Martínez-Abraín, A. (2013). Después del abandono. Quercus, 325: 6-8.
(12) Blondel, J. (2006). The design of Mediterranean landscapes: a millennial story of humans and ecological systems during the historic period. Human Ecology, 34: 713-729.
(13) Martínez-Abraín, A. (2013). Why do ecologists aim to get positive results? Once again, negative results are necessary for better knowledge accumulation. Animal Biodiversity and Conservation, 36: 33-36.
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jueves, 11 de septiembre de 2014

Caminos sin retorno

Estamos acostumbrados a circular por caminos, carreteras y autopistas de doble sentido. Es decir, por rutas por las que cuesta tanto, o tan poco, ir como volver. Quizás sea eso lo que hace que nos sorprenda cuán escasas son las vías de la biosfera en las que ir y volver son aventuras de igual peso. Aunque, si pensáramos más en ello, todo nos iría mucho mejor en materia de conservación de la biodiversidad.

La baja capacidad de recuperación de las comunidades de aguas dulces contaminadas
Cuando en los años sesenta y setenta del siglo pasado la población española abandonó de golpe el mundo rural y se concentró en unas pocas ciudades grandes, cerca de recientes polígonos industriales, comenzaron los problemas relacionados con la contaminación del agua, tanto por vía urbana como industrial. Por ejemplo, en el gran humedal de la Albufera de Valencia, tercero en importancia para las aves acuáticas en nuestro país, sólo por detrás de Doñana y el delta del Ebro, la entrada masiva de contaminantes inició un proceso gradual de pérdida de las especies de flora y fauna que necesitan aguas bien oxigenadas. Pero el sistema no colapsó de golpe. Curiosamente, aguantó bien la llegada de grandes cantidades de fósforo y nitrógeno a lo largo de las antiguas acequias de época islámica, demostrando una gran capacidad de resistencia al cambio. Pero todo cambió drásticamente al incorporarse un tercer factor a la ecuación: los vertidos de productos fitosanitarios, sobre todo herbicidas para las malas hierbas de los arrozales que circundan la laguna litoral. La pérdida sincrónica de las praderas de algas y fanerógamas a causa de los herbicidas fue el detonante del inicio de un rápido proceso de eutrofia. Así las comunidades vegetales dominantes, sumergidas o flotantes, pasaron de golpe de las fanerógamas y las algas macroscópicas a las algas microscópicas del fitoplancton (la microvegetación). Su multiplicación en masa creó una capa tan densa de biomasa en la superficie del agua que bloqueó la entrada de luz solar hasta el fondo de la somera laguna, lo que a su vez impidió que allí se desarrollaran más algas o plantas macroscópicas amantes de la luz. Algo parecido a lo que ocurre en los bosques de denso dosel arbóreo, donde nada crece bajo su sombra.

Las pocas plantas que aún así consiguen enraizar son devoradas por ejércitos de carpas y múgiles que ahora dominan la comunidad de vertebrados acuáticos, frente a las casi perdidas anguilas y lubinas del pasado. Los grandes depredadores fueron cambiados por grandes herbívoros y detritívoros. Todo esto implica que el camino de regreso a la situación de partida y el de ida hacia la situación presente son completamente asimétricos, lo que hace que la recuperación del sistema sea casi imposible. Ya van treinta años de potentes inversiones económicas para sacar a la Albufera de su estado actual: colectores para las aguas industriales, caras depuradoras con sistemas terciarios de tratamiento, complejas reformas en las redes de alcantarillado de los municipios circundantes… Pero las mejoras han sido pocas. La calidad de las aguas ha mejorado, pero sigue estando muy por debajo de los parámetros deseables. Bastaron unos pocos años de desaforada actividad contaminante (aguas negras e industriales, abonos químicos y herbicidas) para que el sistema perdiera su homeostasis de manera permanente. Seguro que nadie pensó que iba a ser tan difícil que las aguas de la laguna recuperaran su calidad original cuando empezó su transformación.Al parecer las reservas de nutrientes en el sedimento son tan altas que aunque ahora entrase agua sin contaminar a la laguna tendríamos eutrofia para décadas. Y pensar en dragar los fangos es una tarea titánica que además correría el riesgo de poner en circulación metales pesados de la época inicial de contaminación industrial con lo que sería peor el remedio que la enfermedad.


Acequia de aguas eutrofizadas en la Albufera de Valencia repleta de múgiles. El camino para recuperar este gran humedal, como muchos otros, está resultando muy lento y costoso, sobre todo si se compara con la rápida etapa de vertidos contaminantes responsable de dicha eutrofización (Foto: Joan Miquel Benavent / Oficina Técnica Devesa-Albufera).
Las comunidades de aves parecen más resilientes
Un mensaje más positivo procede del mundo de las aves. En un reciente estudio de nuestro equipo (1), analizamos cómo había evolucionado la riqueza de aves acuáticas en 18 humedales de la Comunidad Valenciana a lo largo de 28 años. Encontramos que el sistema en su conjunto ya ha superado la etapa de pérdida de especies habitual en un medio que se ha visto perturbado y fragmentado a lo largo de siglos. Es decir, ya no se encuentra en estado de “relajación ecológica” y ahora tiende a la homogeneización y a la ganancia de especies. Poco a poco se encamina hacia su estado original, anterior a la influencia humana. Lo cual se debe no sólo a las medidas de protección locales arbitradas durante casi tres décadas, sino también a las mejores condiciones de los humedales en el resto de España y de Europa, lo que permite el intercambio de especies con otras zonas. Por supuesto, dicho intercambio es más fácil en el caso de las aves, que tienen una mayor capacidad de dispersión a larga distancia. En cualquier caso, las especies cuya dieta está especializada en fauna y flora de aguas oligotróficas sigue sin recuperarse.

Otros ejemplos de asimetría
Otro ejemplo de asimetría entre los caminos de ida y vuelta son los incendios forestales, en los que una mínima perturbación instantánea puede deshacer un sistema ensamblado de manera gradual a lo largo de décadas o incluso de siglos o milenios. También cabe citar el devenir de la termoclina, esa frontera entre aguas calientes superficiales y aguas frías más profundas, que se genera poco a poco en el Mediterráneo durante la primavera y el verano, para que los primeros temporales de otoño se encarguen de desbaratarla de manera veloz (2). También ocurre que la dispersión de aves, cuyas poblaciones están estructuradas espacialmente al modo de metapoblaciones, no sucede con igual intensidad de los parches pequeños a los grandes como al contrario (3).

Las catástrofes geológicas como fuente de asimetría
A mayor escala espacial y temporal, las catástrofes geológicas son perturbaciones puntuales y rápidas que deshacen sistemas construidos de manera progresiva y acumulativa. Es el caso de las erupciones volcánicas, los cambios repentinos en la química de los océanos o las caídas de asteroides. En cinco ocasiones, la vida del planeta en su totalidad ha estado cerca de poner el contador a cero. Concretamente, en las fronteras que definen el tránsito del Ordovícico al Silúrico (hace unos 450 millones de años), del Devónico al Carbonífero (360 Ma), del Pérmico al Triásico (250 Ma), del Triásico al Jurásico (200 Ma) y del Cretácico al Paleoceno (65 Ma). También ocurrió algo parecido en los estadios de “bola de nieve”, cuando todo el planeta estaba cubierto por los hielos hace unos 2.000 Ma, entre 600 y 700 Ma (antes de la radiación del Cámbrico) y en la masiva extinción que marcó el límite Pérmico-Triásico, hace 250 Ma.

Ramón Margalef nos recuerda que la carrera armamentista humana o la deforestación de las selvas tropicales podrían ser un nuevo ejemplo de caminos sin retorno (2). O, mejor dicho, con un retorno muy lento y costoso. En otras palabras, la sexta extinción que vaticina Edward O. Wilson en La diversidad de la vida (4) y cuyo responsable es el ser humano, una sola especie de la biosfera. Una sexta extinción que ahora se centra en los trópicos del planeta pero que en realidad ya ocurrió en el tránsito Paleolítico-Neolítico en nuestras latitudes. El retorno a un estado con mayor entropía, más desordenado, es siempre una tentación para la naturaleza: es difícil (y contra natura) tener un mazo de cartas ordenado por colores y números, pero hay mil formas posibles de que esa baraja yazca en el suelo desordenada. Mil estados posibles de equilibrio, frente a uno –o unos pocos– de orden forjado a fuerza de invertir mucho esfuerzo en ello.

La perturbación no siempre es perjudicial
Si no destruyen el sistema completamente, las perturbaciones a escala de tiempo ecológico pueden incluso introducir diversificación en el mismo al situar los procesos de sucesión en sus fases más tempranas o juveniles. Estos mosaicos de diversidad pueden ser promotores de nuevas adaptaciones a escala microevolutiva. El retorno a fases más tempranas también puede ir acompañado de nuevas vías abiertas a la macroevolución, sobre todo por la “sucesión de biomas” que conllevan los cambios climáticos asociados a las perturbaciones geológicas.

 El problema, incluso más que en la magnitud, está en las sinergias (el todo es más que la suma de las partes), como decíamos al principio, y también en la frecuencia de las perturbaciones. No en la perturbación en sí misma. Es sabido que los pequeños mamíferos del Triásico superior no hubieran abandonado la protección de la noche, ni su pequeño tamaño, si no se hubiera producido la extinción en masa de los grandes dinosaurios a finales del Cretácico. Eso implica que nosotros los primates nunca hubiéramos surgido de no haberse dado una gran extinción previamente. Así pues,  la extinción o la perturbación ecológica, no son necesariamente perjudiciales. El ejemplo clásico, a escala ecológica, es el de los incendios forestales en latitudes mediterráneas. El fuego no es en sí un problema, sino la frecuencia con el que provocamos incendios, ya que interrumpen el lento proceso de recuperación ecosistémica una y otra vez, con pérdidas acumuladas de suelo en cada episodio. Esto no sólo hace que aumente la asimetría entre las vías de ida y vuelta, sino que, en caso de que sea viable, el horizonte final de recuperación será forzosamente muy diferente al inicial. También sabemos que la frecuencia y la intensidad de los eventos de perturbación están inversamente relacionadas: basta con mirar los cráteres de la luna para darse cuenta de que los más grandes son también los más escasos. Desde luego, de suceder lo contrario,  la vida en la Tierra habría sido inviable.
  
Bibliografía

(1) Pagel, J. y otros autores (2014). A long-term land-bridge island analysis of a Mediterranean waterbird metacommunity: conservation implications. PLOS ONE 9: e105202.
(2) Margalef, R. (1997). Our Biosphere. Excellence in Ecology, 10. Ecology Institute. Berlín.
(3) Oro, D. y otros autores (2011). Lessons from a failed translocation program with a seabird species: Determinants of success and conservation value. Biological Conservation 144: 851-858.
(4) Wilson, E.O. (1994). La diversidad de la vida. Editorial Crítica. Barcelona.
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jueves, 13 de marzo de 2014

Medi-terrá-neo: el mar entre tierras...humanizadas

Al Mediterráneo, el mar entre tierras, todos le debemos tributo. Intentaré presentar aquí una crónica muy resumida de su origen y evolución, con especial énfasis en el papel de las actividades humanas que, desde muy antiguo, han dado forma a la diversidad biológica que hoy observamos en su entorno.

Supongo que lo primero es saber desde cuándo existe ese accidente geográfico que llamamos mar Mediterráneo. Si viajamos con la imaginación hasta el periodo Triásico, a comienzos de la Era Secundaria, nos encontramos con que hace unos 250 millones de años todas las tierras emergidas formaban un único continente denominado Pangea. Dicho continente adoptaba la forma de una media luna en torno al ecuador del planeta y envolvía una gran masa de agua conocida como mar de Tetis. Tendrá que pasar mucho tiempo para que, ya en el Mioceno, hace unos 25 millones de años y dentro de la Era Terciaria, la subplaca arábiga se desplace hacia el norte y cierre el mar de Tetis por el este, en un planeta en el que el Atlántico llevaba abriéndose desde el Jurásico, separando a lo que ahora llamamos Eurasia de Norteamérica y a la masa continental que conocemos como África de Sudamérica. Fue aquella la muerte de aquel mar tropical de larga historia y el nacimiento del primer ancestro del Mediterráneo.

De todos modos, el Mediterráneo que más nos interesa es el de los últimos 5 millones de años. La razón radica en que hacia finales del Terciario, en el piso Messiniense del Mioceno, el Mare Nostrum se cerró también por el oeste y, convertido en un gigantesco lago salado, terminó por desecarse casi en su totalidad. Sólo se salvaron las grandes lagunas hipersalinas de las zonas más profundas, que se hunden hasta los 4.000 metros, en recuerdo de aquel gran mar que fue Tetis. El Mediterráneo renació 300.000 años después, cuando volvió a abrirse el paso occidental y se llenó con agua procedente del Atlántico. Podríamos decir metafóricamente que durante la desecación se puso en marcha una especie de “riñón marino” que eliminó en forma de rocas halitas las enormes concentraciones de sales que se habían generado en un mar casi cerrado. En efecto, había una gran evaporación y escaso aporte de agua dulce. Apenas unos cuantos ríos importantes, como el Nilo, el Ródano, el Po y el Ebro, contribuyeron a endulzar sus aguas.

El rellenado de la cuenca fue al parecer muy rápido, tras algún tipo de cataclismo geológico mal conocido que abrió el estrecho de Gibraltar. En otras palabras, toda la flora y la fauna actuales del Mediterráneo parte de un momento cero en la llamada Crisis del Messiniense. Desde entonces, el Mediterráneo se ha comportado como un mar-isla, con pocas especies pero muy altas tasas de diversificación debido al bajo flujo genético. Por el mismo motivo, alberga proporcionalmente muchas formas endémicas.

Tramo de la costa mallorquina al pie de la sierra de Tramuntana. La desecación del Mediterráneo en el Messiniense, hace cinco millones de años, actuó como una suerte de riñón marino que transformó en rocas halitas la gran concentración de sales disueltas en un mar aislado del Atlántico. Foto del autor.
Trazados horizontales
Lo que hoy conocemos como “clima mediterráneo” aparece durante el Plioceno, hace unos tres millones de años, en el sur de Europa. Esta zona se vio influida durante el Pleistoceno por cuatro grandes glaciaciones que se alternaron cada 100.000 años aproximadamente, con breves periodos intercalados de bonanza climática de unos 10.000 años de duración denominados “interglaciares”. Ahora mismo nos encontramos en un periodo interglaciar que comenzó hace unos 10.000 años (1). Deberíamos estar, pues, hacia el final de esa fase de retracción de las lenguas glaciares típicas del Cuaternario y relativamente cerca, en términos geológicos, del inicio de una nueva glaciación.

La aparición de un casquete de hielo en el Polo Norte, algo impensable en el mundo tropical del Terciario, empujó a floras y faunas enteras hacia el sur durante la transición entre el Plioceno y el Pleistoceno. Las penínsulas de la ribera norte del Mediterráneo se convirtieron en un refugio –y centro de especiación– desde el que plantas y animales se desplazaron de nuevo hacia el norte durante los periodos interglaciares (aún continúan haciéndolo), repoblando las tierras arrasadas por las lenguas de hielo. Para muchas especies la disposición este-oeste del Mediterráneo, así como la de algunas cordilleras (Pirineos, Alpes, Cárpatos), supuso una barrera biogeográfica que impedía la comunicación con el continente africano, motivo de numerosas extinciones y del bloqueo de eventos colonizadores. Este hecho explica por qué los bosques europeos tienen seis veces menos especies de árboles que los asiáticos y por qué Europa tiene la mitad de las especies de aves que China, a pesar de ocupar la misma superficie (2).

Poblado talayótico de Capocorb, Mallorca. La presencia humana en la isla es casi tan antigua como la expansión de las encinas y acebuches. Así pues, el paisaje que vemos hoy es el resultado de un actividad humana milenaria. Foto del autor. 

El factor humano
Por lo que concierne a nuestro linaje, la ribera sur del Mediterráneo fue hoyada al menos desde los tiempos de Homo habilis en la primera salida del género Homo de África hace casi 2 millones de años. Nuestra especie, Homo sapiens, evolucionó en el continente africano hace 200.000 años a partir de Homo rhodesiensis (el homólogo de H. heidelbergensis en África) y ya estaba presente en la ribera oriental del Mediterráneo hace 100.000. Durante decenas de miles de años los humanos llevaron una vida de cazadores-recolectores. Hacia finales del Pleistoceno habíamos acabado con las mayores especies de la megafauna herbívora, aunque nuestra incidencia fue menor que en el continente americano, donde los grandes fitófagos no habían tenido contacto histórico con nuestra especie y no desconfiaban de ella. La eliminación de estos animales tendría consecuencias negativas para los mamíferos de menor talla, pues la vegetación se recuperó mucho al desaparecer los herbívoros gigantes (3). Otros autores otorgan más peso al papel del clima, pero esta hipótesis no explica por qué fueron más sensibles los mamíferos de mayor talla, ni tampoco la ausencia de extinciones similares al final de otros periodos glaciares previos. De todos modos yo tiendo a pensar que la extinción de la megafauna de mamíferos sí fue fruto de la interacción entre ambos factores: algún tipo de cambio climático desfavorable junto con una puntilla asestada por acción humana sobre poblaciones ya muy reducidas. 

Hace unos 10.000 años, a comienzos del Holoceno, la época actual, los cazadores-recolectores aprendieron a domesticar plantas y animales, lo que abrió la puerta a la agricultura o, al menos, a la horticultura. Este drástico cambio en el estilo de vida tuvo todo tipo de consecuencias para las tribus humanas nómadas y también para la huella dejada por nuestra especie en su entorno. Dicho efecto fue más patente en las islas mediterráneas, donde se habían refugiado los últimos supervivientes de la megafauna continental, aunque en versiones miniaturizadas. Así que, en términos de biodiversidad, la principal pérdida del tránsito entre el Paleolítico y el Neolítico afectó a los animales de mayor talla. Más adelante también se notaría la acción del ser humano sobre los bosques, que se habían hecho muy densos sin la presión de los grandes herbívoros. Bosques excesivamente densos como los que se forman ahora tras el abandono del rural. 

Aparece el actual mosaico agrosilvopastoral
Desde el desarrollo de la agricultura se han sucedido, una tras otra, grandes civilizaciones que tarde o temprano terminaron colapsando, como ha descrito el investigador norteamericano Jared Diamond (4). Las consecuencias de este proceso sobre los sistemas naturales del Mediterráneo se han clasificado en dos líneas de pensamiento opuestas. Una es la del “paisaje arruinado”, también conocida como “el Edén perdido”, que lo interpreta como una degradación y desertificación acumulativa del paisaje mediterráneo. La segunda defiende, por el contrario, que ha sido precisamente la actividad humana la que ha contribuido a mantener unos paisajes mediterráneos tan diversos (5). Creo bastante objetivo decir que el mayor impacto de la actividad humana tuvo lugar durante el final del Pleistoceno y el inicio del Holoceno, en el Neolítico. El antropoceno mediterráneo hace tiempo que sucedió. Fue entonces cuando se extinguió la megafauna continental y también los relictos supervivientes de las islas mediterráneas, donde aún vivían hipopótamos y elefantes enanos junto a conejos y lechuzas gigantes (6). 

También es importante considerar la pérdida de grandes superficies de bosques mesófilos que tuvo lugar poco después. Es probable que el aumento de la sequedad y las temperaturas hace unos 5.000-6.000 años, en sinergia con los efectos perturbadores de la agricultura y la ganadería, dieran como resultado la instauración de los encinares, acebuchales y pinares termófilos que hoy nos resultan tan familiares. Proliferaron en detrimento de los bosques de hoja caduca y dentro de un mosaico de espacios abiertos de forma artificial, lo que creó un paisaje sin duda más diverso que cualquier masa forestal continua. Podría decirse que el ser humano desempeñó en parte el papel de la megafauna herbívora perdida: aclaró los bosques y creó un entorno más diverso, donde tuvieron cabida especies de plantas y animales amantes de los espacios abiertos y del sol. Quizás en cierto modo nuestra actividad fue una marcha a tiempos pasados. En las últimas décadas hemos asistido sin embargo al proceso contrario: el abandono del modo de vida tradicional y con ello a la pérdida de espacios abiertos y a la expansión y densificación de bosques pobres en herbívoros y grandes depredadores. En las islas Baleares, por ejemplo, la mano de nuestra especie no se dejó sentir hasta hace menos de 5.000 años y los bosques mesófilos se conservaron hasta entonces. Este hecho parece sugerir que los bosques podrían haber perdurado más tiempo en el continente de no haber sido por nuestra intervención, al menos en los sitios más húmedos. Una vez desmontados los antiguos bosques mesófilos su recuperación parece inviable en las nuevas condiciones climáticas, de manera que encinas, acebuches y pinos se apoderaron irreversiblemente de los antiguos solares de bosque caducifolio.

Escenarios actuales
Debió de darse un proceso rápido e intenso de selección de especies capaces de convivir con los grandes cambios que infligíamos al paisaje. Pero, ojo, desde entonces probablemente no haya habido mucha extinción y sí procesos de diferenciación influidos por la actividad humana, como la hibridación entre plantas. Desde luego, las especies de medios abiertos se vieron muy favorecidas frente a las forestales. Así pues, podemos aventurar que hubo primero una gran pérdida de megafauna, con el consiguiente expansión de la vegetación y sus efectos indirectos sobre otras muchas especies menores. A continuación, y desde hace varios miles de años, fuimos capaces de crear un paisaje biodiverso, resistente y resiliente ante los cambios, adaptado al diente de las cabras, las talas y el fuego donde se han dado pocas extinciones y sí cierto grado de diferenciación por selección artificial.

Los sistemas agrosilvopastorales, como las dehesas y montados ibéricos, han funcionado bien en el tiempo, han sido “sostenibles”, y mantienen una buena biodiversidad, incluidas aún (milagrosamente) algunas especies de la megafauna pleistocena como ciervos, linces y lobos. Otras especies, sin embargo, han sido sustituidas por sus equivalentes domésticos, caso del uro y el toro o de las distintas razas de caballos. Diversos estudios han demostrado que un grado moderado de herbivoría por ovejas, cabras o gacelas favorece la diversidad y la producción vegetal (5, 7). La verdad es que no me imagino el actual sistema industrial de explotación de recursos naturales funcionando de manera sostenible en los próximos 10.000 años, como ha conseguido la agricultura, ni siquiera exportando nuestro daño ambiental a otros países, como hacemos ahora (8).

El Mediterráneo, en sentido amplio, ha sido modificado por el linaje humano desde muy antiguo. En realidad, desde el origen de los sistemas naturales que han llegado hasta nuestros días. Por ello gestionar los paisajes que hemos heredado, desde las altas cumbres hasta las islas, sin tener en cuenta este factor histórico, es un buen caldo de cultivo para la pérdida de diversidad y el bajo rendimiento de los planes de manejo. Deberíamos reflexionar más al respecto, olvidarnos de idílicas situaciones prístinas en nuestros espacios naturales (incluyendo los más emblemáticos, como Doñana u Ordesa) y gestionar nuestras zonas protegidas bajo la edificante luz de la historia cercana y también de la profunda.


Agradecimientos
A José Manuel Igual por sus habituales sugerencias, que siempre ayudan a mejorar estos “detectives”.

Referencias

(1) Blondel, J. y Aronson, J. (1999). Biology and wildlife of the Mediterranean region. Oxford University Press. Oxford.
(2) Blondel, J. y Mourer-Chauviré, C. (1998). Evolution and history of the western Palearctic avifauna. Trends in Ecology and Evolution, 13: 488-492.
(3) Owen-Smith, N. (1987). Pleistocene extinctions: the pivotal role of megaherbivores. Paleobiology, 13: 351-362.
(4) Diamond, J. (2006). Colapso. Random House Mondadori. Barcelona.
(5) Blondel, J. (2006). The design of Mediterranean landscapes: a millennial story of humans and ecological systems during the historic period. Human Ecology, 34: 713-729.
(6) Alcover, J.A. y otros autores (1992). The avifaunas of the isolated Mediterranean islands during the middle and late Pleistocene. Natural History Museum of Los Angeles County, Science Series, 36: 273-283.
(7) De Gabriel, J.L. y otros autores (2011). The presence of sheep leads to increases in plant diversity and reductions in the impact of deer on heather. Journal of Applied Ecology, 48: 1.269-1.277.
(8) Martínez-Abraín, A. (2013). ¡Qué limpia está mi casita! Quercus, 330: 6-7.
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