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domingo, 2 de octubre de 2016

El paradigma cambiante/The changing paradigm

Las grandes revoluciones suceden de manera relativamente rápida e imprevista, tras largos periodos de aparente estancamiento o constancia. En esto se parecen al proceder de la macroevolución en la naturaleza, el proceso que genera nuevas especies.

Durante milenios los humanos hemos vivido de manera predecible y estable. Uno nacía en el seno de una pequeña comunidad y ya sabía que se llamaría como su padre o su abuelo, que heredaría su modo de subsistencia y que apenas saldría de la aldea en toda su vida (1). Pero llegó la Revolución Industrial y lo puso todo patas arriba. En España los primeros intentos de industrialización empezaron en torno a 1850, cuando los liberales (en origen progresistas) trajeron el capitalismo con la buena intención de acabar con el caciquismo y el feudalismo que aún coleaba. Este proceso, que los amantes de la naturaleza solemos percibir como algo negativo, estuvo rodeado de una aureola de avance en lo social. Permitió a la mayor parte de la gente librarse de la esclavitud que ejercían los grandes propietarios de fincas rústicas.

Hacia los años cuarenta del siglo XX, Franco creó el Patrimonio Forestal Español (PFE) con el propósito de llenar todo de árboles, especialmente la franja norte peninsular, como medida de precaución económica ante el creciente boicot de los países de nuestro entorno. Aquello destruyó la forma de vida tradicional, a propósito o como daño colateral, y acabó con los montes comunales que eran imprescindibles para obtener estiércol, como vimos en el Quercus de julio (2). Cerrada la fuente de abono y destruido el sistema agropecuario, fue fácil que triunfase el Plan de Estabilización que concentró a la población rural en unas pocas ciudades dotadas de polígonos industriales: Barcelona, Madrid, Bilbao. La última vuelta de tuerca la dio la entrada de nuestro país en la Unión Europea, que impuso limitaciones a ciertas producciones ganaderas y agrícolas, reservando para la piel de toro el papel de geriátrico y lugar de vacaciones de los europeos del norte. Moría así definitivamente el milenario campo español y nacía, de golpe, un nuevo paradigma. 

Un nuevo paradigma también en conservación
Todo esto nos sitúa ante un escenario absolutamente novedoso para nuestra civilización. Hemos construido un mundo en el que el trabajo no sirve para subsistir, sino para ganar dinero, con el que comprar cosas, muchas de ellas prescindibles desde el punto de vista de la supervivencia. Un mundo en el que la movilidad de las personas y las mercancías forma parte de la normalidad.

Osa con su cachorro en Muniellos (Asturias). Desde hace unas décadas las especies escasas y de gran tamaño han empezado a recuperarse gracias a políticas activas de protección. Por el contrario, las especies pequeñas y comunes, como los gorriones, están en declive debido a los cambios en el uso del suelo y al éxodo rural. Paradojas de la vida (foto: Daniel Cara).

Por el camino, la gente se ha ido alejando de la naturaleza, con algunas consecuencias llamativas. En primer lugar, el bosque ha reconquistado antiguos espacios agrarios y buena parte la fauna forestal se ha recuperado, en detrimento de la que vivía en espacios abiertos. Las especies depredadoras de mediano y gran tamaño se han visto beneficiadas, en contra de las especies presa de pequeño tamaño. Finalmente, los animales antaño perseguidos han cambiado de costumbres tras perder el miedo, de ahí que ahora haya jabalíes que atacan a los perros de los paseantes o accidentes de tráfico provocados por corzos. Es el nuevo paradigma de la conservación. La gente de la ciudad ya no tiene interés en cazar perdices, palomas, conejos, liebres o codornices y su impacto directo sobre la fauna es mucho menor. Las licencias de caza llevan una tendencia decreciente en las últimas décadas. Por contra, han aumentado los efectos indirectos debido a la construcción de infraestructuras de transporte (autovías, autopistas, vías férreas, puertos, aeropuertos) y nuevas centrales de suministro de energía: aerogeneradores, plantas solares, embalses. Un mundo nuevo. ¡Lo nunca visto! 

Conservar la biodiversidad en un mundo post-industrial
En este mundo post-industrial, la clave para conservar la biodiversidad no creo que deba ser ni el desarrollo sostenible (un oxímoron en sí mismo) ni los servicios ecosistémicos (de planteamiento muy antropocéntrico). Proteger praderas de Posidonia, porque fijan más dióxido de carbono que las selvas tropicales, o moluscos del género Conus, porque producen un analgésico cien veces más potente que la morfina, son fines peligrosos. Hay soluciones técnicas, como los sumideros artificiales de carbono o la síntesis química de sustancias inventadas por la naturaleza, que pueden hacer que Posidonia y Conus sean prescindibles a corto plazo. Parece más adecuado aspirar a mantener en funcionamiento los procesos ecosistémicos, garantizar el funcionamiento de la maquinaria de la naturaleza. Conservar vivos los procesos ecológicos y también los evolutivos que generan los patrones que estamos acostumbrados a ver ahí fuera.

En esta línea va por ejemplo el “rewilding”, que en alguna versión blanda me parece bastante interesante. Las especies exóticas, por cierto, pueden cumplir papeles de sustitutos funcionales muy importantes en algunos casos y debemos tener la mente abierta a ello. Esto es especialmente relevante en las islas, donde las comunidades están ya muy simplificadas de por sí y la extinción neolítica se hizo notar de manera especial debido a que los sistemas eran menos redundantes.

La restauración ecológica
Toquetear los procesos naturales siempre tiene efectos imprevistos de mayor o menor magnitud. A mí las cuestiones de conservación cada vez me parecen más sociales que biológicas. Las decisiones digamos sociopolíticas de conservación se camuflan de ciencia muchas veces, aunque ésta no tenga nada que decir en realidad ante las preferencias humanas. ¿Quieres un modelo de restauración de un humedal que lo devuelva a su situación de hace 100 ó 1.000 años? Sírvase usted mismo. ¿Quiere favorecer a los insectos, al suelo o a las aves cuando decide sacar o no la madera muerta de un pinar quemado? A su gusto, no hay reglas universales (3, 4). Una opción alternativa es estarse quieto y no hacer nada, porque no se sabe en qué momento vamos a provocar un efecto imprevisto ni lo grave que será. Así que todo depende de los riesgos que uno esté dispuesto a asumir. En general, diría que lo más seguro es intervenir lo menos posible y que se alcancen nuevos equilibrios espontáneamente; aunque sean eso: completamente nuevos: novel ecosystems, en su expresión inglesa.

Caminos de futuro
La única manera de combatir el actual expolio del planeta es acabar con las desigualdades económicas, con la pobreza extrema. Los pobres han de enriquecerse, como ya ocurre en China o la India, y los países ricos vamos a tener que empobrecernos un tanto. También lo estamos haciendo ya y posiblemente como consecuencia del enriquecimiento ajeno. A esto podemos llamarle “crisis mundial”, pero más bien parece un proceso de suma cero. Dicho proceso estará en marcha hasta que se alcance un nuevo equilibrio en el que el dinero ya no pueda fluir, como el agua entre dos estanques al mismo nivel. Cuanto antes hagamos esa transición, mejor. Menos pérdidas ambientales por el camino. La persistencia de nuestros espacios protegidos (y no protegidos) en las zonas templadas del planeta está bastante asegurada. Pero la catástrofe biológica tiene lugar allá abajo (mirando desde aquí), precisamente donde se empaqueta la mayor parte de la diversidad mundial, testigo de tiempos antiguos en los que el clima tropical o subtropical afectaba a la práctica totalidad del planeta. La biosfera que se salve será la que llegue a ese nuevo punto de equilibrio. No veo otro camino. Los problemas son ya globales, no de aldea.

La conservación como sistema de valores y de emociones
La conservación es sobre todo un sistema ético y sólo existe como realidad objetiva en la compleja red que forman los cerebros del Homo sapiens. La segunda transición necesaria, además de acabar con las desigualdades, es desarrollar una nueva ética planetaria de respeto y de pertenencia al planeta. Eso tardará (quizás siglos) en ser una realidad, pero hay que ir haciéndola crecer granito a granito. La ciencia tiene un importante papel a jugar en el desarrollo de esa nueva ética por cierto. Una labor que apenas está haciendo hoy en día. 

De momento, haríamos bien tratando de conseguir que la gente establezca más vínculos emocionales con la naturaleza. La clave de la conservación está más en las emociones que en el dinero que se invierta. Desde el punto de vista psicológico, nosotros, los naturalistas, deberíamos estar dispuestos a perder un poco el romanticismo del “lobo agreste en la cárcava ibérica”, aunque nos cueste, a cambio de que sea mucha la gente interesada en ver al lobo vivo.  Son otros tiempos. Seguramente para bien. Mientras debemos tratar de conseguir que, con todos los cambios que están sucediendo en el paisaje, aunque las poblaciones de especies desfavorecidas se reduzcan mucho, no lleguen al punto de no retorno, porque nuevas circunstancias sociopolíticas y económicas pueden permitir que, a partir de esos reductos, las poblaciones vuelvan a recuperarse y expandirse en el futuro, como un muelle cuando deja de estar comprimido. 

Bibliografía

(1) Diamond, J. (2013). El mundo hasta ayer. Debate. Barcelona.
(2) Martínez-Abraín, A. (2016). ¿Tienes fuego? Quercus, 365: 6-8.
(3) Deryabina, T.G. y otros autores (2015). Long-term census data reveal abundant wildlife populations at Chernobyl. Current Biology, 25: R811-R826.
(4) Martínez-Abraín, A. (2014). Todo depende. Quercus, 344: 6-8.
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miércoles, 27 de julio de 2016

¿Tienes fuego?

No fumo, nunca he fumado. Pero esta frase hecha me pareció una buena manera de atraer la atención del lector hacia un tema complejo: los incendios forestales de grandes dimensiones. Es uno de esos campos para los que todo el mundo tiene una explicación. Quizás es lógico que sea así pues las causas son multifactoriales o, mejor aún, multidimensionales. Pero tratemos de poner un poco de orden dentro del aparente caos.

Cuando uno trata de explicar el porqué de algo en biología necesariamente tiene que hacer una distinción entre causas próximas y causas últimas. Y distinguir entre causas y mecanismos también. Así, jerarquizando, estableciendo niveles, se ven las cosas más claras. En el caso de los incendios forestales hay una causa próxima que salta a la vista: hay muchos incendios de gran extensión, porque hay mucha biomasa acumulada. Sin mucha biomasa acumulada no hay incendios grandes, simplemente.

Pero este primer paso sólo nos lleva a preguntarnos por qué hay tanta biomasa acumulada en nuestros montes. Y aquí es donde entra en juego la multifactorialidad. Vamos a intentar desglosar las distintas causas últimas que pueden haber llevado a esta situación.

Repoblaciones forestales: Buena parte de las masas forestales que tenemos actualmente son hijas de las repoblaciones forestales orquestadas primero desde la dictadura de Miguel Primo de Rivera (años 20 del siglo XX) y posteriormente desde el franquismo. En 1941 se creó el “Patrimonio Forestal Español” (PFE), organismo cuya misión fue potenciar la economía forestal española en plena postguerra, como defensa ante el aislamiento internacional que sufría el régimen dictatorial. La actividad fue frenética, especialmente en la década 1952-1962 y hacia 1965 el trabajo estaba acabado. En poco más de 20 años se había llenado la Península (especialmente el norte) de pinos y eucaliptos (1), con plantaciones extensas y continuas. Huelga decir que las repoblaciones emplearon especies que son o bien pirófitas (que necesitan el fuego para reproducirse) o bien pirófilas (que son beneficiadas por el fuego pero no dependen de él), lo cual no ayuda nada tampoco.

Abandono del mundo rural: Este punto no existe desligado del anterior. Los planes desarrollistas del franquismo se articularon en dos etapas. Primero, el PFE invadió, robó y repobló los terrenos comunales de las comunidades agro-pastorales que eran vitales para el desarrollo de la agricultura, pues de ellos procedía el matorral de leguminosas que se empleaba para generar el abono de los huertos. Con ello puso a los agro-ganaderos y sus economías de subsistencia (que no de comercialización), contra las cuerdas. Una vez conseguido esto el franquismo, a través de los tecnócratas del Opus Dei, da una segunda vuelta de tuerca a la situación y crea el “Plan de Estabilización” (PE). Es decir, surgen grandes factorías y polígonos industriales en las ciudades principales y se fomenta la emigración desde el mundo rural a las ciudades. La mayoría de nosotros somos hijos urbanitas de padres campesinos que vivieron ese tránsito. A resultas de todo ello el campo se vacía y todas las actividades extractivas que se realizaban hasta entonces (que tenían al bosque reducido a una mínima expresión) desaparecen o se minimizan, lo que fomenta la expansión del mundo arbóreo. Seguramente no hemos tenido tanta superficie forestal desde hace muchos siglos.
La raíz de este proceso se podría remontar hasta la importación del capitalismo en este país, de manos de los liberales de Práxedes Mateo Sagasta, quienes trataban con ello de acabar con el secular caciquismo, relicto del medievo. Y también hasta la desamortización de los terrenos comunes practicada por Pascual Madoz. El único tipo de propiedad que se veía rentable para "salir del atraso" era la propiedad individual y así los terrenos comunes empezaron su declive ya desde mediados del siglo XIX (1). Así pues las causas de los incendios de hoy en día hay que buscarlas ¡más de 150 años atrás!

Maquia termomediterránea arbolada con Pinus halepensis, ocupando una umbría valenciana donde la vegetación potencial es la carrasca Quercus ilex ballota. Un auténtico polvorín. La gran acumulación de biomasa es la causa próxima de la gran extensión de los incendios forestales actuales, a su vez debida al abandono del rural y la ausencia o escasez de grandes herbívoros (causas últimas). Foto del autor.

Herbivoría: El abandono del rural y la expansión del bosque han conllevado la expansión de algunos pequeños herbívoros, notablemente el corzo. Pero en nuestros montes falta la herbivoría (ramoneadores y pastadores) del Pleistoceno, la de los grandes mamíferos herbívoros (el caballo salvaje, el uro, los asnos salvajes, el ciervo en muchos sitios). Esa labor fue sustituida en el mundo agrosilvopastoral por la apertura de bosques para la agricultura y por la labor de la gran fauna doméstica (vacas, caballos, burros, cabras, ovejas). Muerto el mundo rural muere también esa importante labor de aclarado de los montes. Es decir, las masas forestales extensas, amantes del fuego, son además demasiado densas. Más densas de lo normal, de lo natural, por así decirlo.

Debido a estas causas últimas llegamos hasta la causa próxima y por todo ello tenemos hoy en día un sustrato base muy favorable para la ignición, especialmente en los secos y tórridos veranos mediterráneos, o en años con condiciones meteorológicas especiales, como pasó en diciembre de 2015 en Asturies, donde los efectos del fenómeno El Niño (escasez de lluvias, altas temperaturas, vientos fuertes) provocaron una oleada de más de cien incendios. Sobre ese sustrato pueden actuar diversos mecanismos de ignición (que habitualmente son tildados de causas).

Azarosos o estocásticos: el caso paradigmático sería el rayo, en las tormentas secas mediterráneas. No es el caso en la región eurosiberiana de la Península Ibérica, pero en el resto de ella (de carácter mediterráneo) la coincidencia en los estíos de las temperaturas más altas con la ausencia de lluvias genera un cocktail muy proclive a los incendios, de manera espontánea. 

Accesibilidad: La colilla que cae desde la ventanilla del coche y por casualidad acaba prendiendo parece un factor estocástico a primera vista, pero muchas veces es consecuencia casi determinista de la mayor accesibilidad a las masas boscosas que generan la apertura de pistas y carreteras en las montañas. 

Históricos: la continuidad de viejas prácticas, como las quemas de rastrojos, podas, matorral, que en los paisajes de antaño era imposible que se nos escapasen de las manos, ahora se convierten en una fuente de peligro. Actividades que “se han hecho toda la vida”, ahora están fuera de sitio en los nuevos paisajes cargados de biomasa.

Sociales: las rencillas entre vecinos o los intereses contrapuestos entre miembros de las comunidades de montes (ganaderos que prefieren espacios abiertos, pastos, frente a otros más interesados en el provecho forestal).

Económicos: aquí entrarían motivos de índole moderna, capitalista, como los intereses urbanísticos. Buena prueba de ello es la facilidad con la que arden los montes cuando las leyes permiten la urbanización del territorio en los terrenos quemados o la venta de madera quemada. Es una invitación a “darle” fuego al monte. También lo son las subvenciones de la Política Agraria Comunitaria a las superficies de pasto para el ganado, que pueden ser percibidas a partir de que haya transcurrido un año del incendio. Los cambios tecnológicos en las empresas papeleras, que pueden preferir un tipo de árbol frente a otro (eucaliptos frente a pinos o eucaliptos finos en lugar de eucaliptos gruesos) puede ser otro motivo de ignición. 

Es útil mantener este esquema jerárquico en mente: causas últimas, causas próximas y mecanismos, sin confundir los unos con los otros, para poder atajar el problema de raíz. 

Recapitulando
En definitiva, no se equivoca del todo el paisano cuando dice que el monte arde porque “está sucio”. Claro, a los ojos del ecólogo y del naturalista, el monte “sucio”, lo que se dice sucio, no está. No tiene basura y la vegetación que vemos es la sucesión ecológica avanzando hacia la vegetación potencial de la zona, recuperando el terreno y el tiempo perdidos, como defendía yo mismo en un Detective ya antiguo (2). Pero hemos de entender lo que quiere decir el paisano. Antaño no había casi bosque. Antaño el poco bosque que había estaba muy aclarado por las extracciones de matorral y por la acción de la herbivoría del ganado doméstico. Y antaño no había incendios tan extensos que ni los hidroaviones pudieran apagar. Hogaño, los pocos y aclarados bosques que teníamos eran sobre todo de frondosas, no de especies pirófitas. Además nuestras masas forestales en recuperación (pongamos una maquia con pinar asociado que camina hacia un encinar) tienen más densidad de matorral del que sería esperable en un paisaje prístino europeo lleno de grandes herbívoros salvajes. Al menos en este aspecto no se equivoca el nativo al exclamar que el monte está sucio. Obviamente él o ella también se refieren a que los árboles ocupan ahora el lugar que décadas atrás era terreno de pasto o zona de cultivo, ganados al bosque con mucho trabajo de sus antepasados. Nosotros sin embargo vivimos esa expansión como algo bueno, como una recuperación de la naturaleza. Pero no hay que olvidar sin embargo que muchas de las especies que caracterizan a la fauna europea silvestre que ha llegado hasta el siglo XXI son especies de espacios abiertos, seleccionadas a lo largo de  milenios de actividad humana. Así pues el regreso del bosque es bienvenido pero se cobrará sus bajas en forma de menos perdices, menos conejos, menos alondras, menos mariposas y menos anfibios. Y más incendios. Muchos más y mucho más grandes. Ya se lo está cobrando de hecho. 

Tal vez los mecanismos autoreguladores se pongan en marcha de nuevo. La crisis económica del mundo basado en el capital sin controles, la crisis de las grandes ciudades poco vivibles, en paralelo con la recuperación de las masas forestales, empieza a atraer gente de vuelta al rural. Puede que los neorurales se conviertan en los nuevos pastores de la biodiversidad, aunque los pioneros lo tendrán muy difícil. Desde luego no podemos esperar que las administraciones puedan manejar el paisaje para mantener grandes zonas abiertas a la fuerza, artificialmente. No creo que sea deseable, desde el punto de vista de la conservación, el regreso a un pasado con un rural superpoblado en el que los bosques queden reducidos a pequeñas manchas y el lobo y la comadreja vuelvan a ser enemigos públicos. Pero el regreso de cierta cantidad de urbanitas concienciados, con nuevas prácticas, nuevas éticas y nuevos objetivos, es probablemente lo mejor que lo podría pasar a la diversidad biológica ibérica. Hasta las especies más forestales, como el urogallo del Pirineo, no llevan bien estos nuevos bosques nuevos tan densos, con poca herbivoría donde a las crías les resulta difícil tener largas distancias de huida de los abundantes depredadores (3). En este sentido la reintroducción de un carnívoro especialista en el bosque como el lince boreal (que ahora comienza a plantearse como una posibilidad) podría tener unas consecuencias tremendas para unos urogallos que viven ahora en bosques muy subóptimos para defenderse de los depredadores. Y desde luego la única manera de acabar con esos devastadores incendios de hoy en día es restarle biomasa al monte, mediante aprovechamientos racionales y de intensidad intermedia y empleando al ganado como sustituto de la megafauna perdida.


Referencias citadas
(1)   Pérez Pintos, X. 2009. Historia contemporánea da destrucción da natureza en Galicia. Edicions A Nosa Terra.
(2)   Martínez-Abraín, A. 2009. Paisajes inventados. Quercus 282:6-7. 


(3)  Fernández-Olalla, M. y colaboradores. 2012. Assessing different management scenarios to reverse the decline of a relict capercaillie population: A modelling approach within an adaptive framework. Biological Conservation 148:79-87. 
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