miércoles, 22 de junio de 2016

Híbridos: cuando el ruido es información/Hybrids: when noise is information

Este es un mundo de concursos caninos, felinos, ecuestres o vacunos. Es decir, un mundo en el que se valora la pureza de la raza. Pero la mayoría de los animales domésticos que tenemos a nuestro alrededor son cruzados, mil-leches,  mezclas. Hay muy pocos que sean puros.

Quizá esta obsesión por la pureza de los animales domésticos sea un reflejo del mismo mecanismo cerebral que nos lleva a buscar especies silvestres bien definidas y reproductivamente aisladas. Según el concepto biológico de especie, que enunció Ernst Mayr (1904-2005), el aislamiento reproductivo es la condición indispensable para poder definir a una especie. A cualquier especie, ya sea animal, vegetal, fúngica, protista o procariota. No hace falta decir que eso es… ¡abarcar demasiado! Dejaremos a un lado los organismos microscópicos, donde la transferencia horizontal de ADN está a la orden del día, para hablar de plantas y de animales.

¿Quedan bien definidas las plantas según el criterio de Mayr? Pues, no mucho, la verdad, a tenor de lo muy extendida que está la poliploidía en el mundo vegetal. En otras palabras, los vegetales hibridan con mucha facilidad y generan especies nuevas de manera súbita cuando se produce una irregularidad en la meiosis y no se da la disyunción de los cromosomas. Por tanto, se admite y reconoce que entre las plantas la hibridación es un mecanismo no sólo habitual sino generador de riqueza biológica. De los cruces entre especies vegetales surgen novedades y nadie se extraña de un híbrido vegetal. Pongamos por caso el cruce de dos especies del género Quercus, que da nombre a esta revista. En Extremadura, por ejemplo, llaman “mestos” a los híbridos de encina y alcornoque. Pero cuando esto ocurre en el reino animal se disparan todas las alarmas. Nadie espera que surja nada bueno de un cruce entre especies animales. Tan sólo se espera una pérdida de pureza en el acervo genético de cada especie.


Tafoni. Formación geomorfológica propia de rocas granulares expuestas a diversos mecanismos de erosión física. Se muestra aquí sólo como ejemplo visual de la formación de una retícula. Según la evolución reticulada las especies no sólo se separarían en forma de árbol siempre bifurcante sino que sufrirían también procesos eventuales de fusión por hibridación, dando lugar a una red o retícula. (Foto: internet). 
Evolución reticulada
En el mundo de las plantas más nos valdría olvidarnos de los clásicos árboles filogenéticos, con ramas que se separan, y sustituirlos por una estructura en forma de red. Sencillamente, las ramas del árbol filogenético no sólo sufren divisiones, sino que también experimentan fusiones. Las especies se separan para volver a unirse y luego separarse de nuevo hasta formar un entramado de celdas, una red. Por eso, este tipo de evolución recibe el nombre de evolución reticulada. ¿Sería posible también la evolución reticulada entre los animales?

Me vienen a la cabeza los numerosos casos de híbridos entre aves que los ornitólogos reportan cada año en anuarios y blogs. Es el caso, por ejemplo, de los porrones, los patos buceadores del género Aythya. Se han descrito, por ejemplo, híbridos entre A. ferina y A. fuligula, entre A. fuligula y A. marila, entre A. ferina y A. nyroca y entre A. collaris y A. fuligula. Lo mismo pasa con diversas especies de gaviotas, como las hibridaciones entre Larus hyperboreus y L. argentatus o entre L. hyperboreus y L. smithsonianus. ¿Significa esto que las especies de las que proceden estos híbridos no eran verdaderas especies? Si adoptamos estrictamente el concepto biológico de especie habríamos de concluir que no lo eran.

Pero la definición de Mayr no es la única que se ha formulado. En concreto, el concepto biológico de especie sólo se entiende en el marco teórico de la síntesis neodarwinista. En este contexto, las especies se forman por acumulación progresiva de pequeños cambios a lo largo de un continuo. Es decir, dos especies animales que hibridan son vistas como un complejo que antaño era una misma cosa y que aún no ha llegado a separarse del todo. Van en ese camino sí, pero aún no han llegado al aislamiento reproductivo completo, reza el neodarwinismo. Las formas que quedan a mitad de camino se consideran sub-especies o también semi-especies.

Especies ecológicas
Pero, ¿y si en lugar de ese modelo lineal de aparición de especies adoptamos otro diferente, uno no-lineal en el que pequeños cambios genéticos (por ejemplo en genes reguladores) pueden marcar una diferencia fenotípica sustancial, pero no relacionada con el aislamiento reproductor? Un modelo para el que las subespecies no pasarían de ser meros accidentes no adaptativos debidos a  deriva genética. Hablaríamos entonces de “especies ecológicas”, como las definió el gran ecólogo evolutivo americano Van Valen, que se mantienen como tales simplemente porque son soluciones distintas al problema de la existencia. Habitan en regiones separadas, tienen distintas zonas de invernada, de muda o de forrajeo, y no interaccionan entre sí. Pero sin las fronteras geográficas que las separan podrían cruzarse sin problemas. Es decir, el aislamiento reproductor deja de ser una causa de especiación para convertirse en una consecuencia, que puede o no darse. Entonces desaparecen de golpe nuestros problemas con los híbridos. En definitiva, las especies pueden generarse de manera relativamente rápida (a escala de tiempo geológico) y esa especiación –esto es importante– puede tener como consecuencia, o no, el aislamiento reproductor. En ese momento comenzaría el nacimiento de algo nuevo a través del proceso de hibridación. Las especies ecológicas animales, como las vegetales, responderían a un modelo de evolución en forma de red.

¿No es esto hermoso? Sistemas dinámicos que se separan y se juntan para volver a separarse, siguiendo el ritmo que determine el azar y la evolución de los ecosistemas. Esto entronca, por cierto, con la famosa idea de nuestro querido Ramón Margalef de que la evolución se da en el marco de la sucesión de los ecosistemas. Pensemos, por ejemplo, en el chimpancé y el bonobo, separados desde hace un millón y medio de años por el río Congo en África central. Si ahora esa barrera biogeográfica desapareciera, ¿podrían hibridar el bonobo y el chimpancé? Yo no apostaría mi brazo derecho a que no. ¡Al menos, no antes de que se averigüe cómo demonios puede regenerarse un miembro perdido, al estilo de las estrellas de mar o del ajolote mexicano!

Pardela balear (Puffinus mauretanicus) en la hura donde se reproduce. Esta especie hibrida con la pardela mediterránea (P. yelkouan) allí donde coinciden sus áreas de distribución, como en la isla de Menorca. Lo cual no es algo anormal ni significa que ambas pardelas pierdan su categoría de especie (Foto: Maite Louzao).

Pardelas en el Mediterráneo
Otro ejemplo que me resulta familiar es el de las pequeñas pardelas del género Puffinus. Desde que el Mediterráneo abandonara su periodo de desecación hace algo más de cinco millones de años (1), ha visto como surgían varias especies distintas de pardelas a partir de un ancestro común, de las cuales actualmente sólo sobreviven dos. Como sabéis, una vive en la parte oriental del Mediterráneo (P. yelkouan) y su especie hermana en la occidental (P. mauretanicus). Resulta que las áreas de distribución de ambas especies coinciden en la isla de Menorca y allí hibridan (2). ¿Acaso eso significa que no son especies verdaderas? Con el concepto ecológico de especie en la mano no hay ninguna duda de que lo son: crían y se alimentan en zonas distintas, y difieren morfológicamente. Simplemente, su especiación ecológica no incluyó el aislamiento reproductor y los individuos que coinciden en Menorca pueden hibridar. Si ese proceso se extendiera de manera espontánea a un porcentaje alto de la población podría suponer el final de una de esas especies, pero surgiría algo nuevo en su lugar (2b).

¿No podría ser este un mecanismo habitual de especiación en animales? Nosotros mismos, los Homo sapiens, somos los primeros híbridos “impuros”. Además de nuestro ADN propio, llevamos a cuestas el de los neandertales, los denisovanos y los pre-denisovanos, que sepamos hasta ahora. No somos una mezcla a partes iguales, pero portamos ADN de tres especies de humanos arcaicos. Tras nuestra salida del continente africano nos fuimos mezclando con todos los humanos que encontramos en Eurasia. ¿Más ejemplos? Un 10% de los genes de los coyotes del este de Estados Unidos viene de los perros domésticos y un 25% directamente del lobo.

Cambio climático e hibridación
Me viene a la cabeza aquella campaña de erradicación de malvasía canela en los años noventa, una especie americana, porque hibridaban con la nativa malvasía cabeciblanca. Probablemente interrumpimos artificialmente un proceso de evolución que fue iniciado involuntariamente al trasladar malvasías americanas al Reino Unido y dejar que se escaparan. En tal caso la erradicación parece justificada, porque no fue un proceso espontáneo, sino mediado por nosotros, pero ¿qué hubiéramos hecho si las malvasías canales hubiesen llegado por sus propios medios? Me temo que lo mismo.

Más bien, deberíamos ir acostumbrándonos a esto de la hibridación. A medida que el planeta se calienta, las áreas de distribución de las especies terminan por entrar en contacto y son cada vez más las que hibridan entre sí. En Norteamérica, los osos pardos están hibridando con los osos polares, al igual que las ardillas voladoras del sur con las del norte, varias especies de reinitas del género Dendroica o las mariposas amazónicas del género Heliconius (3). Bien podría pasar que los híbridos, en lugar de tener problemas de adaptación, se inserten ecológicamente con mayor facilidad y rapidez en sus ecosistemas cambiantes (4). Es el mismo vigor híbrido que se busca al mezclar distintas variedades de animales domésticos para generar mestizos más resistentes. De hecho, esto es precisamente lo que parece estar pasando con los coyotes híbridos (coywolves) en aquellos lugares donde el lobo había sido extirpado con anterioridad. Y ese parece ser también el caso de nuestra especie, sin ir más lejos, que ha visto reforzado su sistema inmune gracias a la hibridación con Homo neanderthalensis.

Al menos durante los periodos de cambio climático –y los ha habido para dar y regalar en la historia del planeta– la hibridación ha debido ser el pan nuestro de cada día, un mecanismo más de diversificación de animales y vegetales. Como tal, merece nuestro respeto. También ha ocurrido en poblaciones isleñas que quedan reducidas a un tamaño muy pequeño, pero que tienen alguna especie hermana a mano con la que mezclarse como último recurso de supervivencia. No podemos tenerlo todo bajo control ni esperar que el mundo se mueva por los caminos que nosotros consideramos aceptables. La naturaleza se empeña una y otra vez en demostrarnos que puro no hay nada, que la diversidad de estrategias es la norma y que el mundo imaginado tiene poco que ver con el real.

Agradecimientos
A Carlos Herrera, por hablarme del concepto de evolución reticulada. Jaume Terradas y Marta Vila leyeron sendos borradores del trabajo y aportaron valiosos comentarios.

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2014). El mar entre tierras… humanizadas. Quercus, 337: 6-8.
(2) Genovart, M. y otros autores (2005). Two sibling species sympatrically breeding: a new conservation concern for the critically endangered Balearic shearwater. Conservation Genetics,  6: 601-606.  
(2b) Genovart, M. y otros autores. (2012). Genetic and phenotypic differentiation between the critically endangered Balearic shearwater and neighboring colonies of its sibling species. Journal of Heredity 103:330-341. 
(3) Breining, G. (2015). Coydogs and lynxcats and pizzlies. Disponible en: http://ensia.com/articles/coydogs-and-lynxcats-and-pizzlies-oh-my/
(4) Arnold, M.L. (2006). Evolution through genetic exchange. Oxford University Press. Oxford.
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viernes, 27 de mayo de 2016

¡Cuéntame!

Una de las actividades más provechosas para gestionar flora y fauna es, simplemente, contar. Pero muchas veces no se hace, o se hace mal. Por ejemplo, hay que contar en el momento oportuno.

Para determinar a qué ritmo crece o decrece una población, lo mejor es someterla a una serie de conteos. También nos servirá para proyectarla  hacia el futuro y predecir así qué tamaño tendrá al cabo de horas, días, semanas, meses o años. Todo según la especie que nos interese y las preguntas que queramos responder. Pero contar implica cometer errores.

Cuéntame, pero cuéntame bien
Imagina que tu tarea es averiguar cuántos nidos de gaviota patiamarilla hay en un islote cualquiera. Si estamos hablando de un islote pequeño y con poca vegetación no será difícil. Lo más seguro es que cuentes todos los nidos. Pero si hablamos de un espacio más grande la cosa cambia. Incluso con un equipo de muchas personas es fácil dejarse algún nido sin contar, escondido entre la vegetación. En estos casos puede utilizarse una sencilla técnica denominada “captura-marcaje-recaptura”. Consiste en recorrer la parcela no una, sino dos veces. Durante la primera vuelta debes marcar todos los nidos que encuentres. Las marcas deben ser fáciles de ver pero difíciles de eliminar por las gaviotas. En la segunda vuelta anotarás tanto los nidos ya marcados como los que encuentres nuevos. Esa es toda la información que necesitas para estimar el número total de nidos.

¿Cómo? Pues mediante una sencilla regla de tres. Basta con asumir que la proporción de nidos totales respecto a nidos marcados se mantiene constante entre las dos vueltas. Nunca he puesto una fórmula, una ecuación (¡y van ya más de 70 Detectives!), pero siempre hay una primera vez. Para poder explicarlo, os presento… el índice de Lincoln-Petersen: N/M = C/m. Donde N es el tamaño total de población que anhelamos averiguar, M el número de nidos marcados en la primera vuelta, C el número total de nidos encontrados en la segunda vuelta y m el número  de nidos encontrados en esa segunda vuelta que ya habían sido marcados en la primera. Si os fijáis, la situación ideal sería que m fuera igual a C, es decir, que en la segunda vuelta todos los nidos que encontremos ya hubieran sido localizados y marcados en la primera. En tal caso el cociente es igual a 1, por lo que la relación N/M es también necesariamente igual a 1, lo que quiere decir que el número real de nidos en la población es exactamente el que encontramos en la primera vuelta. Nuestro censo no habría tenido error. Pero eso pasa pocas veces. Veamos un ejemplo con números.

Supongamos que en la primera vuelta encontramos 80 nidos. En la segunda encontramos 60, de los cuales 40 ya estaban marcados por nosotros en la primera vuelta. Por lo tanto, el número estimado de nidos será de 120. Recordad que estamos hablando de estimas  aplicando el índice de Lincoln-Petersen. Si nos hubiéramos fiado de la primera vuelta nos habríamos ido a casa pensando que hay 80 nidos, mientras que había 120 en realidad. Habríamos subestimado el número de nidos en nada menos que ¡un 33%! Lógicamente, cuanto más parecidos sean C y m menos diferencia habrá también entre el primer conjunto de nidos marcados y la estima definitiva.


Zorro con un conejo en las fauces detectado por cámara de foto-trampeo. Si un zorro listo quisiera averiguar cuantos conejos hay en su territorio tendría que hacer una sesión de captura, marcar a los conejos, liberarlos sanos y salvos y volver a hacer una segunda sesión de captura (foto: Daniel Cara).
Cuéntame y estímame
Aunque la estima final puede ser puntual (un sólo número de nidos), también cabe calcularla en forma de intervalo, lo cual es mucho más adecuado. En el caso anterior (para no meter aquí otra fórmula tendréis que fiaros de mí) la estima oscila entre un mínimo de 93 y un máximo de 173 nidos.. Y ese sería nuestro resultado final. O bien nos quedamos con la estima puntual del índice de Lincoln-Petersen de 120 nidos, que sería equivalente a una media, o bien ofrecemos el intervalo de confianza en torno a esa media en forma de horquilla: entre 93 y 173 nidos.

Ahora ya tenemos una estima sólida a partir de la cual podemos calcular el ritmo de crecimiento de la población (mediante procedimientos matemáticos que no vienen al caso) y proyectarlo en el futuro. Suponiendo, claro está, que las cosas sigan sucediendo como hasta ahora.

Huelga decir que este procedimiento no sólo sirve para contar cosas estáticas, como los nidos de gaviota, sino también cabras, lobos, escarabajos o sapos. Cualquier animal que pueda ser capturado y marcado sin que eso afecte a las subsiguientes localizaciones ni a su supervivencia. Es cierto que algunos animales son difíciles de capturar o que más vale no hacerlo. Entonces lo mejor es contarlos no una sola vez, sino varias, para poder determinar nuestro grado de error (1, 2). Una forma más sofisticada de estimar N es marcar a los individuos capturados de manera individualizada (con códigos) o identificar sus marcas naturales, tarea que facilita la fotografía digital, y seguirlos a lo largo del tiempo. Es verdad que requiere mucho  esfuerzo  volver a localizar repetidas veces a los animales marcados, pero tiene la ventaja de que nuestra estima de la población será un dato sólido y que el proceso nos permitirá estimar otros parámetros demográficos importantes. A veces la genética viene en nuestra ayuda y nos permite contar los animales a partir del ADN de sus restos, como en el caso de los excrementos de nutria (3). Además, genética y captura-recaptura no son técnicas excluyentes, sino complementarias.

Cuéntame, pero en el momento oportuno
Otro problema habitual en este mundillo nuestro es que no se evalúan las medidas de gestión. El responsable suele pensar en solucionar un problema, pero no diseña su actuación de forma que pueda evaluar luego su éxito. Lo cual es fundamental para saber si se han invertido bien tanto el esfuerzo como el dinero y si vale la pena o no repetir la experiencia en otros sitios. Pongamos que se construye una vía del tren de alta velocidad y la Administración, en su declaración de impacto ambiental, considera necesario construir pasos para la fauna. De poco servirá hacerlos si luego nadie se para a evaluar su eficacia y eso exige planificar un protocolo mínimamente sesudo.

Dicho procedimiento se denomina BACI, unas siglas que todo gestor debería llevar grabadas a fuego en su mente. BACI viene de Before-After, Control-Impact. Es decir, para evaluar la efectividad de algo hemos de contar, sí, pero antes (before) y también después (after) de cada actuación. Lo ideal sería contar también durante, sobre todo en actuaciones a largo plazo. Y no sólo eso, sino que necesitamos contar también en la zona tratada (impact) y en otra lo más parecida posible (control) que no se haya visto alterada por la actuación cuya influencia queremos evaluar.

Vamos a suponer que llevamos a cabo una campaña de desratización en un islote y que luego queremos saber si eso ha tenido algún beneficio para las plantas que se comían las ratas. No basta con ir después y ver si hay muchas plantas. Para empezar, habría que comparar ese “muchas” con algo que nos permita cuantificar su aumento en densidad o diversidad, o sea, con la situación previa. En segundo lugar, hay que considerar otros posibles factores que pueden arrojar el mismo resultado; por ejemplo, quizá las plantas se recuperaron por eliminar las ratas o bien porque justo llovió en esos días lo que no había llovido en meses. Esa información nos la dará nuestro islote control, en el que observaríamos si, a pesar de tener ratas, las plantas han aumentadotambién.. Para ser justos hay que admitir que en los trabajos de campo es difícil contar con controles verdaderos. Necesitamos un islote de tamaño y características semejantes al que vamos a manejar. Pero eso, estrictamente hablando, no sucede nunca y habrá que conformarse con uno lo más parecido posible. Como la propia evolución siempre trabajamos con lo menos malo disponible, que puede distar mucho de lo mejor imaginable.
Una vez hechos los conteos en parcelas debidamente escogidas, hemos de encontrar que la variable más relevante para explicar las variaciones en la densidad de plantas es la interacción entre el antes/después y el control/tratamiento. En tal caso podremos concluir que el cambio en densidad sucedió de manera diferente en la parcela objeto de tratamiento con respecto a la que sirve de control. Si todo ha salido como esperábamos, el aumento del después respecto al antes debería ser mayor en la parcela tratada que en la control.

Cuéntame, pero no me cuentes cuentos
Para hacer las cosas bien sólo hace falta un poco de previsión y organización. Y saber echar a posteriori unos cuantos números. No cuesta gran cosa diseñar bien nuestro trabajo de campo y las ventajas son sustantivas. En el supuesto de la desratización diríamos que, en efecto, fue una actuación positiva para las plantas (no se debió a otra cosa por casualidad) y hubo un aumento en riqueza o densidad de especies cuya magnitud podemos cuantificar. ¡Perfecto!

Si tenéis responsabilidades públicas (o privadas) en el mundo de la gestión de la naturaleza, por favor, iros a dormir con estos nombres en la cabeza: Lincoln-Petersen y BACI. Las mejoras que pueden reportar a vuestra vida profesional son enormes. Para mi forman parte de lo que podríamos denominar “un mundo mejor” en lo que respecta a conservación de la biosfera.


Agradecimientos

A Daniel Oro, Giacomo Tavecchia y José Manuel Igual por leer y comentar un borrador del artículo.


Bibliografía

(1) Bibby, C.J. y otros autores (2000). Bird census techniques. Academic Press. London.

(2) Tellería, J.L. (1986). Manual para el censo de los vertebrados terrestres. Raíces. Madrid.

(3) Thalinger, B. y otros autores (2015). Molecular prey identification in Central European piscivores. Molecular Ecology Resources. Disponible en Doi:10.1111/1755-0998.12436
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viernes, 22 de abril de 2016

¿Refugiados o adoptados?

Cuando una perturbación afecta al hábitat original de una especie, tanto si ha sido provocada por el ser humano como si no, los afectados tienen dos posibilidades. O bien se trasladan a otro hábitat diferente y tratan de encajar en él. O bien se instalan en un entorno artificial que casualmente reúna los atributos básicos de su lugar de procedencia.


Los bisontes europeos (Bison bonasus) son un buen ejemplo del primer caso enunciado en la entradilla. Evolucionados en los extensos pastizales que se abrieron durante los picos glaciares, una vez retirados los hielos fueron a refugiarse en el interior del bosque. Para describir el proceso algunos autores han acuñado las expresiones “especies refugiadas” y “refugios” (1). Ese sería el caso también de las focas monje (Monachus monachus) de la colonia de Cabo Blanco (Mauritania), de las que ya hablé en 2008 (2). El ambiente original de las focas eran las playas, pero acabaron sobreviviendo en el interior de las cuevas, un hábitat menos adecuado y más peligroso que todos los años se cobra un tributo en cachorros cuando los temporales sacuden aquellas costas acantiladas.

Un tercer caso de megafauna refugiada sería el de los osos pardos (Ursus arctos) de la cordillera Cantábrica. Hemos crecido aprendiendo que los osos viven en las montañas abruptas del norte de España, pero en el pasado –como los lobos y los quebrantahuesos– estaban distribuidos por todo tipo de ambientes. Si pienso en la anatomía de los osos, les veo felices en ambientes con no demasiada pendiente, en montañas amables. Sin embargo, fueron eliminados de toda la Península salvo en los valles del norte, donde se libraron de la quema por cuestiones circunstanciales. En Asturias, por ejemplo, la gran pendiente del terreno debía hacer poco rentable la extracción de madera y sospecho que también pudo ser esencial la pujanza de la minería del carbón. Es cierto que los mineros mataban osos en su tiempo libre, pero disponer de carbón mineral en abundancia pudo evitar que se explotaran los bosques norteños para obtener carbón vegetal, como en el resto del territorio hispano hasta tiempos recientes. Así pues, una actividad industrial depredadora podría estar paradójicamente detrás de la persistencia del oso hasta el siglo XXI.

Finalmente, es probable que el lobo (Canis lupus) también sea una especie refugiada en los bosques, a juzgar por su reconocida capacidad para cubrir largas distancias con un trote económico, figura que evoca al mítico lobo estepario.

No, no es una base espacial en la luna. Es tan sólo una colonia de gaviotas de Audouin (Laurus audouinii) en la dársena sur del puerto de Castellón. Un entorno completamente artificial que, sin embargo, cumple con holgura sus funciones como hábitat de sustitución del hábitat original de la especie (Foto: Pepe Greño).

Exilios forzosos
Al margen de los grandes mamíferos, uno de los equipos de investigación con los que colaboro tardó mucho tiempo en darse cuenta de que uno de nuestros principales modelos de estudio, la gaviota de Audouin (Larus audouinii), también era una especie refugiada. En este caso, había sido arrinconada en los islotes mediterráneos donde empezamos a encontrarla en los años setenta del siglo pasado. El espacio al que pertenece (where they belong, como dicen los anglosajones) son las playas y campos dunares cambiantes, que explican bien a las claras su carácter nómada. Cuando la actividad turística usurpó esos ambientes costeros tuvieron que refugiarse en los islotes. Pueden sobrevivir allí, pero tienen menos éxito individual y colectivo, medido en supervivencia, productividad y tasa de crecimiento poblacional. Las gaviotas de Audouin crían mejor en las dunas del delta del Ebro que en las islas Columbretes. Del mismo modo que los osos obtendrán un mayor éxito reproductor cuando puedan bajarse de sus refugios de las montañas para instalarse de nuevo en relieves más suaves. Las propias focas monje sacan adelante más crías cuando pueden abandonar las cuevas y reproducirse en playas abiertas.

Buitres enriscados
A pequeña escala, el buitre negro (Aegypius monachus) también se comporta como un refugiado cuando elige sus lugares de cría en Mallorca. En lugar de formar colonias laxas en los extensos encinares de la sierra de Tramuntana, escoge pinos que crecen en los abruptos acantilados de este sistema montañoso. Una elección difícil de explicar, a menos que los encinares mallorquines estuvieran llenos de personas ocupadas en diversas actividades de subsistencia (carboneros, yeseros, porqueros) hasta los años sesenta, como así fue. El monte era entonces un ambiente pre-industrial, más que un lugar salvaje. De ahí se pasó, casi sin solución de continuidad, a tener las montañas llenas de ejércitos de excursionistas.

El caso es que los buitres probablemente no encuentran la tranquilidad que necesitan para criar en su hábitat predilecto. De hecho, pienso que su población no termina de despegar debido a que los jóvenes reproductores no encuentran pinos adecuados para instalar el nido en los acantilados. Es más, los buitres tienen una alta tasa de supervivencia, encuentran abundante alimento en los comederos y nunca se han regateado esfuerzos en su defensa. La predicción sería, por tanto, que cuando empiecen a criar en los encinares su población crecerá de forma exponencial hasta que otro tipo de recurso establezca un nuevo límite.


Las nutrias son especies adoptadas en los embalses. Estos medios sustituyen bastante acertadamente (y sin intención) las características de los cursos medios y bajos de los ríos donde las nutrias evolucionaron originalmente (Foto del autor)
Hábitats de sustitución y especies adoptadas
En ocasiones, las especies que han visto perturbado su ambiente original no deciden trasladarse a un hábitat natural alternativo, sino a un entorno altamente modificado o incluso producto de la actividad humana. Hace poco hemos denominado “hábitats de sustitución” a estos ambientes que satisfacen, sin pretenderlo, los requerimientos esenciales de una especie. Y, del mismo modo, llamamos a sus ocupantes “especies adoptadas” (3).

Los embalses y las nutrias (Lutra lutra) son un buen ejemplo de ambos conceptos. En los años ochenta pensábamos que las nutrias amaban las cabeceras impolutas de los ríos interiores. Pero pasábamos por alto el hecho de que las nutrias habían tenido que refugiarse en esas cabeceras fluviales debido a que en los tramos medios y bajos la presión humana era mayor. Ahora que ya no se les persigue y los ríos cuentan con depuradoras, vemos cómo las nutrias regresan a sus ambientes originales. Pensado fríamente ¿quién querría vivir en la parte alta de un río si a medida que bajas hacia el mar aumenta el número y la densidad de especies presa? Artefactos. Lo que veíamos eran artefactos.

Ahora lo habitual es encontrar nutrias en los embalses que se han construido, por regla general, en el tramo medio de los ríos. Los pantanos reproducen bastante bien algunas de las características propias de desembocaduras y estuarios, con sus aguas calmas y profundas ricas en presas, aunque muchas de ellas sean especies exóticas e invasoras. Obviamente, las nutrias crían mejor donde abunda el alimento y pueden practicar distintas técnicas de caza. Desde el buceo en profundidad, apurando los 30 segundos de apnea, hasta la prospección detallada de las orillas, según la época del año. Una nutria de embalse se parece más a una nutria marina que a una nutria de cabecera. Es más, antaño las nutrias europeas de hábitos marinos debían de ser más abundantes de lo que nos pensamos.

De hecho, el mar es una fuente de alimento más feraz que el río. Y las nutrias son voraces. Mi amigo y colega Juan Jiménez, me explicaba hace un tiempo que el nombre de las nutrias viene de nutrirse, porque no paran de cazar. Yo mismo las he visto capturar 13 peces en 26 minutos, un lance tras otro, en un embalse gallego. Hay que tener en cuenta que el agua está fría, sobre todo en invierno, y que las nutrias, a diferencia de las focas, no cuentan con una gruesa capa de grasa subcutánea que las aísle, de modo que han de alimentarse sin parar para compensar las graves pérdidas de calor corporal. Son poco más que garduñas con un buen traje de neopreno, como vislumbraba Carlos Herrera el otro día que hablábamos de estos mustélidos.

La mejor opción
Otros ambientes sustitutivos son, por ejemplo, los medios urbanos, donde se han asentado aves y mamíferos que procedían de entornos forestales. También las especies propias de pastizales abiertos han encontrado un buen remedo de su hábitat primigenio en los campos de cereal, ya sean arrozales o trigales. Ninguno de estos medios se ha creado a propósito para favorecer a la fauna, pero resultan ser, por mera casualidad, muy adecuados para determinadas especies.

Lógicamente, un ambiente de sustitución nunca será tan bueno con el original, sobre todo porque no reproduce el mismo tipo de comunidades y, por lo tanto, pierde diversidad e información por el camino. Pero pueden llegar a ser una alternativa muy buena e incluso a proporcionar mayores tasas de éxito reproductor que los ambientes originales. Es lo que está pasando con la gaviota de Audouin, que deja las playas y dunas del delta del Ebro para trasladarse a salinas, marinas y puertos, donde sus poblaciones crecen a buen ritmo. La mayor colonia actual de esta especie se encuentra en una dársena del puerto de Castellón. ¿Por qué? Bueno, la disponibilidad de alimento sigue siendo alta gracias a los descartes de la flota pesquera y, además, la presión de los depredadores es allí menor. En el delta los depredadores habían encontrado un buen sitio para saquear los nidos de las gaviotas, pero no se acercan al puerto debido a lo que llamamos “efecto espantapájaros”.

La colonia del puerto pasará a la historia antes de que muchos depredadores acaben por localizarla y la conviertan en un sitio indeseable, ya que cuando se reanuden las obras de ampliación desaparecerá el espacio ahora disponible. Quizá para entonces la presión de los depredadores haya vuelto a reducirse en las dunas y playas del delta y las gaviotas regresen a reclamar sus antiguos feudos. Hacer las maletas de tanto en tanto está en los genes de cualquier especie que nidifica directamente en el suelo. Mientras, habrán sido adoptadas por su hábitat de sustitución. 


Bibliografía

(1) Kerley, G.; Kowalczyk, R. y Cromsigt, M. (2011). Conservation implications of the refugee species concept and the European bison: king of the forest or refugee in a marginal habitat? Ecography, 35: 519-529.
(2) Martínez-Abraín, A. (2008). Fotogramas. Quercus, 270: 6-7.
(3) Martínez-Abraín, A. y Jiménez, J. (2015). Anthropogenic areas as incidental substitutes for original habitat. Conservation Biology, (en prensa). Disponible en DOI: 10.1111/cobi.12644


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jueves, 24 de marzo de 2016

Cuentos de marmitas, gigantes y pilancones

Algunas estructuras geomorfológicas pueden inducir a engaño. Por ejemplo, dos depresiones de aspecto similar, pero localizadas en ambientes distintos, parecen sugerir un mismo agente causal. Pero, al desconocer los procesos subyacentes, hay quien invoca la participación de fuerzas externas a la naturaleza; cayendo, no ya en el error, sino en la construcción de un mito.

Seguro que todos conocéis las marmitas, esas estructuras consistentes en el vaciado cilíndrico de una roca por la acción erosiva del agua, ya sea en el mar o en los ríos. El agente erosivo es el agua en movimiento, aunque emplea como herramienta de cincelado los guijarros, más o menos grandes según los casos, que giran una y otra vez dentro de la cavidad. Así pues, las marmitas se generan por un proceso meramente físico que da lugar a pequeñas pozas que luego utilizan la flora y la fauna. La ecología siempre sucede dentro del marco geológico. El caso es que el nombre de marmita no les ha caído del cielo. En parla popular, marmita es sinónimo de olla, puchero o cazuela y, si profundizamos un poco más en el asunto, descubriremos que esas pozas de los ríos se llaman en realidad “marmitas de gigantes”. ¿Por qué de gigantes? Aquí es donde la acepción culinaria cobra sentido. ¿Cómo se iban a formar unos orificios tan perfectamente circulares y profundos si no es por intervención humana? Pero no de un humano cualquiera, porque el guiso que cabe en una gran marmita ¡sólo puede servir para dar de comer a un gigante! Así pues, la sabiduría popular establecía una relación de causa-efecto equivocada y atribuía a seres enormes y poderosos la excavación de marmitas en los ríos, pasando por alto lo que son capaces de hacer unas piedras movidas en círculo por la corriente durante largos periodos de tiempo.

Pasos de gigante
El caso es que sobre las rocas plutónicas se originan otras estructuras muy parecidas. En inglés se denominan gnamma pits y “pilancones” en román paladino, aunque sea un término no recogido por la Real Academia Española. Los pilancones tienen un aspecto bastante similar al de las marmitas, pero surgen por un proceso algo diferente que conjuga erosión física y química. Como todo el mundo sabe, el granito está formado por cuarzo, feldespatos y micas. Pues bien, expuesto al aire y a la lluvia, sus feldespatos (magnésicos o potásicos) sufren una transformación química que da lugar a un polvillo abrasivo que, movido por el viento, genera estructuras erosivas de tipo circular. El mecanismo se retroalimenta positivamente, de manera que lo que empieza siendo un agujerito termina por convertirse en un gran hueco con aspecto de marmita. Al retener agua, lo pilancones también devienen en pequeños ecosistemas, primero acuáticos y luego terrestres por deposición de sedimentos. Un microcosmos digno de estudio pormenorizado. Las personas ilustradas que saben cómo se forman las marmitas suelen pensar que los pilancones tienen el mismo origen, pero hay notables diferencias. En el caso de los pilancones primero interviene la química y después la física, el aire que mueve en círculo el polvillo abrasivo a modo de máquina pulidora. Pero, vaya, no andan muy descaminados. El ideario popular ha creado asimismo mitos en torno a unas formaciones que vuelven a recordar la labor de seres gigantescos y desconocidos. 

La unión de dos pilancones, por erosión físico-química del agua y posterior intervención del viento, ha dado lugar a una peculiar forma con aspecto de huella de gigante (Foto del autor)

Por ejemplo, en la primera foto de estas páginas vemos una estructura formada por dicho proceso erosivo, que ha acabado uniendo dos pilancones. En la provincia de A Coruña el resultado se conoce como “pisada” o “huella” de Roldán, porque fortuitamente ha adquirido el aspecto de una huella de zapato. Si además resulta que alguien encontró otra similar en la sierra de enfrente, sólo cabe concluir que la huella pertenecía a un gigante que daba grandes zancadas.  
Una vez más, la explicación a un patrón real se resuelve mediante un argumento fantástico que acaba consolidándose como mito. Un buen ejemplo de lo difícil, meritoria y poco intuitiva que puede llegar a ser la adquisición de conocimientos. Y, también, de la importancia de nuestra mente simbólica, capaz de inventarse cualquier cosa con tal de tranquilizar a la maquinaria pensante. Una adquisición reciente de la mente humana que debió de resultar muy útil para la supervivencia en tiempos duros.

Cala formada en las costas gallegas por la exposición de láminas de roca metamórfica, inclinadas 90 grados y expuestas a la acción erosiva del mar (Foto del autor)

 Calas de diversos estilos
¿A quién no le gusta disfrutar de una cala en las islas Baleares? Pero calas hay en otras costas, aunque de procedencia bien distinta. Las típicas calas baleares siempre están asociadas al cauce de torrentes que han abierto su camino en la roca durante el Pleistoceno. Con la llegada del Holoceno el nivel del mar ascendió considerablemente y avanzó tierra adentro a lo largo de esos valles abiertos por los cursos de agua. Cuando se estabiliza el nivel del mar acaba formándose una playa, tanto por arrastre de sedimentos minerales desde tierra, como por aporte de restos de conchas, caparazones y algas desde el mar.

En la segunda fotografía vemos otra modalidad de cala. En este caso, los sedimentos antaño depositados sobre el fondo marino han sufrido un giro de 90 grados durante una fase de orogenia y quedan expuestos a la erosión del oleaje. Las capas de roca menos consolidada se erosionan con mayor facilidad que las más compactas, de modo que acaban formándose pequeñas playas entre grandes paredes de roca, como pasaba en el caso balear. Resultados similares obtenidos por vías muy distintas. Los afloramientos verticales de la imagen no siempre terminan en playas, sino que pueden formar también grietas o cuevas que en Galicia se llaman “furnas”. Para que el mito no se sintiera desatendido durante mucho tiempo, tales aberturas fueron consideradas vías de entrada al inframundo, al Hades, donde penetró Ulises  antes de regresar al mundo de los vivos. De nuevo una explicación simbólica para tranquilizar nuestras mentes pensantes ante lo desconocido.

Presas naturales y artificiales
Los ejemplos de resultados convergentes por procedimientos distintos son inacabables en la naturaleza. Pienso, por ejemplo, en los represamientos. Además de los ingenieros y los castores, la propia gea puede formar presas en los cauces fluviales por distintas vías. Una de ellas serían las morrenas terminales, resultado de la erosión glaciar y el depósito de materiales. Otra serían los travertinos, la deposición de carbonatos sobre la vegetación sumergida de un río. Cuando los travertinos tienen desarrollo horizontal puede acabar formando embalses naturales, como ocurre en las lagunas de Ruidera. También podrían incluirse aquí los acantilados.

Tenemos suerte de vivir unos tiempos en que la ciencia ha dejado reducidos a leyendas los mitos populares propiciados por el desconocimiento de los procesos naturales. Las patas de las garzas no segregan ningún aceite para atraer a sus presas, como se cree en el Reino Unido; el agua de las fuentes de la sierra de Tramuntana, en Mallorca, no viene de los Pirineos, como reza el mito; las curiosas formas de las  rocas ígneas del Guadarrama se han formado por plegamiento, fractura y erosión a lo largo de periodos muy extensos de tiempo, por mucho que al ojo humano le recuerde a objetos concretos.

Para mí, todo esto representa una liberación, pues la ciencia libra al ser humano del miedo. Un miedo con el que se le puede manipular cuando desconoce la verdadera razón de las cosas. La ciencia no sólo nos regala la felicidad de una sonrisa ante una relación causal correcta, sino que nos hace un poco más libres a todos. Sólo por eso merece la pena. ¡Ya lo creo!
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lunes, 29 de febrero de 2016

El ecólogo en la tienda de comestibles

Lo mejor de la ecología es que se puede practicar en cualquier parte. En realidad, todo es un continuo y hasta en los ambientes más urbanos y humanizados podemos encontrar inspiración ecológica.

Aún recuerdo con cariño el día que aprendí del maestro Margalef que sus paseos por Barcelona le habían llevado a pensar que la coloración amarilla y negra de los taxis era similar a la de las avispas; y que ambos, insectos y taxistas, conseguían llamar así la atención de alguien. Margalef veía las ciudades como ecosistemas de alta productividad que explotaban los medios vecinos, como hace un humedal con los sistemas naturales de su cuenca hidrográfica. En el fondo, la ciudad no inventa nada nuevo, sino que reproduce estructuras que ya existían en la naturaleza. Desde esa perspectiva la persona sensible encuentra cierto alivio. Los animales no funcionan como máquinas; las máquinas son, más bien, intentos muy simplificados de un ser animal. El cerebro no es un ordenador, sino que los ordenadores son amagos groseros del cerebro. La natura siempre se nos adelanta, como no podía ser de otra manera.

Me viene también a la cabeza un trabajo de Carlos Herrera publicado en esta misma revista en el que se preguntaba de dónde habían salido las plantitas que crecen en los alcorques de una gran avenida de Sevilla, dominada por el asfalto y los coches (1).En mi caso, el contacto urbano con la ecología es más fácil porque vivo en un pueblo y allí lo urbano y lo rural se dan la mano. De regreso a casa puedo reflexionar sobre los falsos pétalos de la buganvilla que sobresale de un patio privado y recuerdan a la cola del pavo real ya que ambas aparentan ser lo que no son. Puedo recrearme observando higueras y zarzamoras que, a modo de epífitas tropicales, crecen sobre los cinamomos asiáticos plantados en las calles para dar sombra. Puedo viajar al mundo de los enormes mamíferos herbívoros extinguidos por el hombre en la América de hace 13.000 años cuando reparo en los gigantescos ejemplares de agaves y chumberas del jardín de flora semidesértica, erizada de defensas. O me distraigo pensando en las convergencias adaptativas de aviones y vencejos, que se afanan por criar en las cornisas de las viejas casas, sustitutos de los acantilados naturales. Pero donde más posibilidades encuentro de hacer ecología doméstica es en la tienda de comestibles, en el colmado de la esquina. Las esperas para ser atendido se convierten así en un momento de disfrute.

Higos, higueras y avispas
Uno de esos momentos gozosos me lo proporcionó una caja de brevas, que me llevaron a pensar por qué diantres las higueras tienen varias cosechas al año. ¿A qué se debe ese extraño comportamiento? Al principio pensé que podía deberse a la carga evolutiva del pasado tropical del género Ficus, al que pertenece la higuera (F. carica). Pero la realidad resultó ser mucho más sorprendente. Las higueras tienen dos tipos de pies, es decir, un sistema reproductor dioico o más bien dimorfo, con árboles cuyas flores femeninas sólo pueden tener el estilo largo o el estilo corto, una estrategia evolucionada a partir de ancestros monoicos (con los dos sexos sobre la misma planta).

El caso es que las higueras son polinizadas, en exclusiva, por unas avispillas de la familia Agaonidae. Estas avispas transportan polen desde los pies masculinos a los femeninos y penetran en el interior de los higos, que técnicamente son siconos o frutos compuestos por multitud de diminutos frutillos y, por lo tanto, de diminutas florecillas. Las avispas pueden tener ciclos vitales de dos o tres generaciones. Por ello las higueras producen siconos de manera continua a lo largo del año. Según los casos, proporcionan dos o tres cosechas en mayo, julio y septiembre, o bien en mayo y agosto (primero las brevas y luego los higos). Es decir, ¡proporcionan tantas cosechas como sea necesario para mantener con vida a sus imprescindibles polinizadores! Esta es la clave.

Desde esta perspectiva, las varias cosechas anuales de las higueras serían la consecuencia –y no la causa– de esas dos o tres generaciones que permite el ciclo reproductor de las avispillas. Un complejo mutualismo que nosotros aprovechamos en beneficio propio, olvidando de donde procede la aparente generosidad de las higueras. La compleja fructificación de la higuera recuerda un poco a esos árboles que, como los robles, producen agallas como medio de defensa ante el ataque de los insectos. Unas agallas, que son aprovechadas por los insectos como lugar seguro para sus larvas. Lo de las higueras y las avispas va un paso más allá y se convierte en un mutualismo o en una simbiosis compleja que ha atraído a la mente humana desde los tiempos de Aristóteles y Teofrasto (2).

Las cajas de fruta que encontramos en cualquier tienda de comestibles pueden ser una fecunda fuente de inspiración para el pensamiento ecológico, si se miran como algo más que un bien de consumo (Foto del autor).

Mangos, aguacates y megaterios
Pero a la tienda de comestibles no sólo llegan productos locales. El mundo se nos ha quedado pequeño y también son habituales los grandes frutos tropicales. Cuando uno intenta comerse un mango, por ejemplo, se percata de lo particular de su semilla: es enorme, plana y está muy bien protegida. Aparte de requerir una técnica especial de pelado para acceder cómodamente a su pulpa (mesocarpio), el endocarpio o hueso del mango nos puede llevar a pensar para qué demonios fabrica una semilla con semejantes características. La razón se halla de nuevo en una coevolución, esta vez entre animales que dispersan frutos y las plantas que los producen. Los mangos son árboles relictos de un largo periodo de interacción con la megafauna de mamíferos herbívoros del Pleistoceno asiático. Pensemos asimismo en el caso del durián asiático (Durio zibethinus), una fruta tropical gigante protegida por espinas y de agradable sabor, pero pestilente para nuestro olfato (seguramente todo lo contrario para el olfato de sus antiguos dispersores). También antes de la llegada de nuestra especie a América, inmensas manadas de mamuts y mastodontes dejaban sus huellas en el sedimento de los ríos. Gigantescos perezosos terrestres llamados megaterios se alimentaban a dos patas de frutos igualmente agigantados y destinados a ser engullidos de un bocado por animales de gran talla que no fracturasen ni dañasen la semilla. Lo mismo hacían los extintos gliptodontes, enormes parientes de los actuales armadillos, o los toxodontes. 

Al desaparecer toda aquella fauna, los árboles productores de frutos gigantes se habrían encaminado progresivamente hacia su extinción de no ser por la actividad agrícola humana, que no sólo los ha salvado sino que los ha expandido enormemente. Los descendientes de aquellos humanos que terminaron de extinguir la megafauna de mamíferos fueron, en cierta medida, su sustituto funcional. Curiosidades de la vida. Se pierde en diversidad, pero se conserva al menos la funcionalidad de los ecosistemas afectados, es decir, continúa activo el proceso de dispersión. No sólo continúa sino que probablemente se ha visto aumentado. Desde el punto de vista de su eficacia biológica los mangos (y demás árboles frutales) son unos vencedores que están muy alejados de la extinción al haber sido dispersado por los trópicos de todo el Planeta. A los frutos gigantes, inaccesibles para la fauna salvaje actual, se les denomina anacronismos evolutivos, fantasmas fuera de su tiempo. Sólo algunos homólogos domésticos de la antigua fauna salvaje, como vacas y caballos, pueden consumirlos sin dañar las semillas (3), especialmente si no son rumiantes (4). Podríamos seguir con más reflexiones sobre el pan, el yogur, las almendras, el aceite, el vino, las patatas, el maíz, las granadas o las sandías. Pero aquí es donde debe entrar en juego la curiosidad y la imaginación del lector. ¡Feliz paseo por el supermercado o, mejor aún, por la frutería local! Espero que seáis más peligrosos que el célebre elefante soltado en una cacharrería.

Agradecimientos
A Carlos Herrera, por ponerme en la pista de una bibliografía apasionante sobre las estrategias reproductoras de las higueras. A Jaume Aulí, por nuestras habituales conversaciones en torno a los productos que vende en su centenario colmado mallorquín (Can Gener). Larga vida a su pequeño comercio de proximidad. 

Bibliografía

(1) Herrera, C.M. (2011). ¿De dónde salieron todas esas “malas hierbas”? Quercus, 299: 6-7.
(2) Valdeyron, G. y Lloyd, D.G. (1979). Sex differences and flowering phenology in the common fig, Ficus carica L. Evolution, 33: 673-685.
(3) Barlow, C. (2000). The ghosts of evolution. Basic Books. New York.


(4) Martínez-Abraín, A. (2015). Rumiando una respuesta. Quercus, 348: 6-7.
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viernes, 1 de enero de 2016

Colmillo Blanco: raíces biológicas de la violencia de género

Nota del autor: Desearía que este artículo sirva a las activistas del siglo XXI para tener en cuenta que se enfrentan contra fuerzas muy antiguas y poderosas en su justa lucha por un mundo sin violencia de género. Y para que no caigan, por tanto, en el desaliento. ¡Seguramente se ha avanzado más en la igualdad de género por la vía cultural en los últimos 65 años que por la vía biológica en los últimos 3 millones de años! Ese es un motivo de gran optimismo. Tratamos con un asunto que, como todos los aspectos de la conducta humana, surge de la interacción de componentes culturales (ambientales, aprendidas) y de las biológicas (heredadas, instintivas), como no puede ser de otra manera en el animal humano. Aunque yo aquí me centro en la parte biológica, esta dualidad sirve para explicar o entender (no para justificar claro) la xenofobia, las guerras y también la violencia de género. Creo que es sano conocernos en profundidad y abiertamente (Nosce te ipsum dice el viejo lema greco-romano) para ver cómo podemos dirigirnos hacia un ser humano mejor y de la manera más rápida posible. Quizás la mejor estrategia educativa consista en enseñar que la situación biológica de partida pudo ser una de no violencia de género y que nuestro linaje camina de vuelta hacia ella desde hace mucho tiempo. También que influencia biológica no significa determinismo biológico, porque ahí está el ambiente ejerciendo su papel de modulación. Como dice Mat Ridley, los genes son sólo "los mecanismos de la experiencia" ya que las condiciones externas los activan y desactivan de manera dinámica. Seguramente porque el origen de la violencia de género se remonta en el tiempo muchísimo más atrás que el origen del patriarcado (que está ligado a la invención de la agricultura en los albores del Neolítico) nos esté resultando tan costoso acabar con ella. 
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“Colmillo Blanco” (White Fang) es el hermoso título de una novela de Jack London publicada en 1906. En ella narra las aventuras y desventuras de un perro lobo salvaje, en su camino hacia la domesticación, en el soberbio escenario del Yukón canadiense durante la fiebre del oro. Pero, además, es un repaso a la violencia en el mundo salvaje y, también, entre los seres humanos.

Tomaré prestado tan sugerente título para hablar de agresividad. O, mejor aún, de cómo las hembras de nuestro linaje vienen tratando de erradicar la violencia de los machos contra ellas. Un tema tristemente candente. Lo que quiero defender en estas líneas es una idea atrevida, pero no suicida. Por decirlo simple y llanamente: creo que la lucha por la no violencia de género se remonta en el linaje humano varios millones de años atrás, aunque normalmente pensemos que su historia empieza con las sufragistas de mediados del siglo XIX.

Esta idea me vino un buen día a la cabeza viendo uno de los numerosos y estupendos vídeos de conferencias de Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones de Atapuerca, que hay colgados en Internet. Os los recomiendo. Arsuaga suele decir que a menudo comienza sus charlas sobre evolución humana poniéndose en la boca un juego de dientes de plástico, de esos que se emplean para imitar a Drácula en las fiestas de disfraces. Lo hace con la intención de mostrar cómo deberíamos ser los seres humanos si hubiésemos seguido los pasos de nuestros ancestros. Es decir, si nuestro linaje no hubiera pasado por un largo proceso de reducción de los caninos en el pasado. No sólo de reducción, sino también de aplanamiento. Nuestros caninos actuales son similares a los incisivos, ya no tienen una sección circular. Basta con ver la dentición de driles, mandriles, macacos o babuinos para darnos cuenta de que nosotros somos muy diferentes en ese rasgo en relación a la mayoría de los primates. Sin embargo, no existe una explicación convincente de porqué eso es así. 

Posibles explicaciones
En primer lugar, es difícil encontrar una explicación ecológica que justifique por qué nuestros ancestros, empezando por Australopithecus (o incluso por Ardipithecus), tuvieron una ventaja adaptativa (dejaron más descendencia) por reducir sus colmillos, siendo como son importantes armas ofensivas y defensivas. Por otro lado, no hay evidencias convincentes de que ese rasgo se diera como mero subproducto obligado por otro cambio adaptativo (por ejemplo debido al engrosamiento de los molares al pasar Austrolopithecus a una dieta granívora en el suelo de la sabana o como subproducto de la relajación de los músculos maseteros). Es decir, a veces los cambios anatómicos van ligados y puede ser que un cambio adaptativo conlleve la aparición de otro rasgo que no tiene nada de adaptativo. Un ejemplo claro es el número de dedos que tenemos en la mano, del que ya he hablado en otras ocasiones (1), fijado en cinco por razones de índole contingente (neutras) y no adaptativas. También es complicado saber si el cambio en un rasgo es la causa o la consecuencia del cambio en otro rasgo. 

Una posible explicación (no mutuamente excluyente con la anterior idea de evolución como subproducto de algo más) es que el desarrollo tecnológico haya hecho innecesarios unos colmillos para defenderse o atacar, pero no veo la ventaja de que un macho pierda los colmillos pronunciados porque sea capaz de construir armas. Si tiene ambas cosas, ¡miel sobre hojuelas! Además, como decía más arriba, el proceso de reducción de caninos empezó muy temprano en la evolución de nuestro linaje, cuando la tecnología era aún muy básica.

Macho cautivo de dril (Mandrillus leucophaeus) en plena exhibición de sus poderosos caninos (Foto: BIOPARC Valencia)
Aunque las causas pueden ser multifactoriales parece que uno de los caminos más plausibles para explicar esta curiosidad de nuestra anatomía es la presión social. Como defendía Holloway en 1967, las sociedades de homínidos se fueron haciendo cada vez más cooperativas y podría haberse dado una selección a favor de los machos menos agresivos (2). Me parece plausible pero ¿cómo se daría esa selección? La única vía social que se me ocurre (sin recurrir a la selección de grupo) es la selección sexual, capaz de generar ese tipo de cambios. Y esa vía nos puede llevar muy lejos, veamos. 

Las preferencias de las hembras pueden hacer maravillas, como fomentar el desarrollo desmedido de las astas de los ciervos Megaloceros, más conocidos como alces gigantes irlandeses. Pero por el mismo mecanismo puede lograrse el efecto contrario, la reducción de otras estructuras. Diría que las hembras de Australopithecus, con los que comienza el linaje de los bípedos homínidos, comenzaron a seleccionar a los machos de colmillos menores para reproducirse, por la importante razón de que probablemente fuesen menos agresivos con ellas y con sus crías. La ventaja fundamental de tener parejas poco agresivas es que, además de hacer que se reciba menos castigo físico, favorece el paso desde un sistema de emparejamiento polígamo a otro fundamentalmente monógamo. Nuestros lejanos ancestros primates eran principalmente polígamos o, para ser más exactos, poligínicos; es decir, como los actuales gorilas, cuyos enormes machos dominan un harén de hembras de menor tamaño. Ese sistema funciona bien entre primates que nacen en un estado avanzado de desarrollo, como los gorilas, y no requieren por tanto un excesivo cuidado parental. Las hembras pueden apañárselas solas en la crianza.

Sin embargo, a partir de Australopithecus, hace entre 4 y 2 millones de años, y más aún con la entrada en escena del género Homo, el cráneo humano sufre un aumento y el cerebro se expande en paralelo. Esta encefalización, unida a cambios anteriores en la cadera debidos al bipedismo, hace que nuestras crías nazcan mucho antes de lo que debieran en relación con nuestro tamaño corporal. Sencillamente, las que no nacieron de forma prematura en el pasado lejano murieron al no poder atravesar el canal del parto y con ellas a menudo sus madres, que no legaron sus genes a las siguientes generaciones. Los genes que nosotros portamos son los de las hembras que tuvieron tendencia a parir de manera prematura a aquellos embriones de enormes cabezas a través de un canal del parto reducido por las exigencias que el equilibrio impone al bipedismo. Un asunto complejo.

El secreto de la monogamia
El caso es que nuestras crías nacen muy desvalidas. En el lenguaje de la zoología, son crías “altriciales”. En el fondo, todos hemos sido bebés prematuros. Por eso, desde tiempos remotos, las hembras del linaje humano han tratado de no estar solas en la crianza de tan torpes cachorros, lo que ha fomentado la monogamia. Han recurrido a varias estrategias, entra ellas ocultar el momento de la ovulación. Al contrario que las hembras de chimpancé, las hembras humanas no muestran signos externos patentes de estar en estro (3), aunque haya pruebas de que los hombres somos capaces de distinguir, por pistas nimias, que nuestras parejas están ovulando, quizás porque las encontramos más atractivas (4). Al ocultarles la ovulación, los machos han de mantenerse fieles a una pareja para garantizar la paternidad de su descendencia intercambiando sexo de manera frecuente. El nombre del juego es “pasa tus genes a la siguiente generación”. Ningún macho quiere cuidar a crías que no le pertenecen. Nacen así las tendencias monógamas de nuestra especie (8). Todo esto hablando desde un punto de vista estrictamente biológico; la cultura (es decir, la transmisión de conocimiento adquirido durante la vida en lugar de heredado por vía genética) sin embargo ha modulado estas cosas muy recientemente y hoy en día estamos encantados de adoptar niñas y niños que no son portadores de nuestros genes, aunque sí de nuestra influencia cultural, que es otra importante forma de herencia en el animal humano. Aunque incluso las mujeres que se implantan óvulos que no son suyos podrían ¡acabar modificándolos por vía epigenética y haciéndolos más suyos! (9). 

Otras pistas que parecen indicar el gran papel de la selección sexual en la evolución de nuestra especie son el reducido dimorfismo sexual entre hombres y mujeres. Los hombres son más corpulentos y fuertes, pero no demasiado si nos comparamos con lo que pasa entre los gorilas. Tampoco destacamos al comparar el tamaño de los testículos con los de un chimpancé, más obligado a la “competencia espermática” debido a su modo de emparejamiento promiscuo (5). Otros aspectos de la anatomía humana que podrían haber estado conducidos por selección sexual son la pérdida de las espinas peneanas de queratina (y quizás también la pérdida del hueso peneano o báculo) propio de los mamíferos, con el objetivo de fomentar cópulas más placenteras para las hembras. La pérdida de las espinas curiosamente produjo, como subproducto genético involuntario, la pérdida de las vibrisas (esos sensibles bigotes tan ostensibles en las nutrias, los gatos o las focas y también presentes en otros primates), al quedar ciertos genes desactivados debido a cambios en secuencias reguladoras. La presencia permanente de glándulas mamarias aumentadas en las hembras y de largos y gruesos penes en los machos (tanto en términos absolutos entre los primates como en términos relativos en relación al tamaño del cuerpo) serían otros factores vinculados al poder de la selección sexual en nuestra especie. Cuando en carnavales pintéis bigotes de felino a vuestros hijos o les coloquéis unos dientes alargados pensad que lo que estáis haciendo va mucho más allá de imitar a un leopardo; estáis yendo hacia atrás en la historia de nuestro propio linaje.

Padres mansos
En definitiva, las hembras de los primates monógamos habrían valorado, preferido y escogido a los machos menos agresivos y de caninos más pequeños a través del tiempo profundo. Sólo así se explica que los hombres seamos hoy en día, en su inmensa mayoría, pacíficos y amorosos padres de familia. En las especies polígamas sucede lo contrario: las hembras prefieren a los machos de caninos grandes, lo que reforzó la utilidad previa de los mismos en la lucha entre machos, haciéndose así aún más grandes (6). Entre los monógamos gibones, aunque ambos sexos cuentan con grandes caninos, los machos y las hembras no difieren en el tamaño de los mismos.  

Sería fácil contrastar esta hipótesis. Dado que en todas las especies de primates monógamos los caninos de ellas y ellos son de igual talla, bastaría con estudiar si en las especies polígamas (de colmillos desiguales entre sexos) hay más agresiones de los machos a las hembras y a las crías, mediante algún indicador de comportamiento. O incluso, dentro de los monógamos, ver si los machos que tienen colmillos más cortos son menos agresivos con las hembras y las crías.

Para ser justos, parece que las mujeres tienen cierta tendencia a elegir hombres de aspecto canalla para el sexo, pero prefieren a los pacíficos para cuidar de la progenie (véase 7 por ejemplo). Un probable atavismo de nuestro remoto pasado polígamo o promiscuo; un hecho que explicaría también que los pueblos humanos no seamos absolutamente monógamos hoy en día. Pero, al final, las mujeres terminan reproduciéndose con los machos más mansos por regla general. 

A modo de broma diré que mi referencia en la lucha por la no violencia de género ha dejado de ser la gran Silvia Federici para pasar a ser Lucy, aquella famosa hembra de Australopithecus afarensis de hace unos 3 millones de años, de la que ahora se celebra el 41 aniversario de su descubrimiento. Todo es muy antiguo sobre la faz de la Tierra y la lucha por la no violencia de los hombres contra las mujeres podría tener ¡unas raíces tan profundas como las de un colmillo blanco!

Y aún se podría rizar más el rizo. Si tenemos en cuenta que la especie conocida más basal de nuestro linaje (Ardipithecus ramidus) no mostraba dimorfismo sexual, con machos de caninos reducidos (8), es posible que toda esta lucha por la igualdad desde Austrolopithecus no sea sino un regreso a una situación de partida pacífica, en la que los machos y las hembras se entendían sin violencia por medio. Los bonobos habrían mantenido esta característica de nuestro último ancestro común. Chimpances y gorilas se habrían alejado, igual que los primeros Austrolopithecus. Entonces, como dice Frans de Waal, la cuestión radica realmente en averiguar qué forzó a aquellos lejanos representantes de nuestro linaje y del linaje de los chimpancés y gorilas a hacerse dimórficos y dominar sobre las hembras a la fuerza. Habrá que seguir investigando. 

Agradecimientos
Marta Vila aportó interesantes comentarios y referencias bibliográficas estupendas.  Mª Antonia Salvà proporcionó importantes sugerencias para mejorar el lenguaje y el mensaje del artículo. BIOPARC Valencia proporcionó la impactante fotografía que ilustra este artículo. Antonio Rosas leyó un borrador del escrito. 

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2010). Las vitrinas del museo. Quercus, 298: 6-8.
(2) Holloway, R.L. (1967). Tools and teeth: some speculations regarding canine reduction. American Anthropologist, 69: 63-67.
(3) Diamond, J. (1999). ¿Por qué es divertido el sexo? Random House Mondadori. Barcelona.
(4) Cobey, K.D. y otros autores (2013). Men perceive their female partners, and themselves, more attractive during ovulation. Biological Psychology, 94: 513-516.
(5) Arsuaga, J.L. (2012). El primer viaje de nuestra vida. Ediciones Planeta. Barcelona.
(6) Kappeler, P.M. y Van Schaik, C.P. (Eds.) (2004). Sexual selection in primates: new and comparative perspectives. Cambridge University Press. Cambridge (UK).
(7) Havlicek, J.; Roberts, S.C. y Flegr, J. (2005). Women’s preference for dominant male odour: effects of menstrual cycle and relationship status. Biology Letters, 22: 256-259.
(8) Lovejoy, C. (2009). Reexamining human origins in light of Ardipithecus ramidus. Science 326: 74-74. 
(9) Vilella et al. (2015)Hsa-miR-30-d, secreted by the human endometrium, is taken up by the pre-implantation embryo and might modify its transcriptome. Development 142:3210-3221. 


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