martes, 23 de agosto de 2016

Mutatis mutandis

La expresión latina del título quiere decir: “cambiando lo que se deba cambiar”. Aquí la utilizo como juego de palabras y como excusa para hablar de la “mutación”, de su historia, uso y abuso. Toda persona interesada en la naturaleza debería tener claras ciertas ideas sobre las mutaciones y su papel en la evolución.

Aunque ahora asociamos la mutación con el darwinismo o, mejor dicho, con el neodarwinismo, la teoría mutacionista nació precisamente como oposición al darwinismo. Es curioso cómo los nombres cambian de bando con el tiempo. Pongamos por caso el término “popular”, que en tiempos de la Segunda República fue el apellido de una coalición de izquierda (Frente Popular) que ganó las elecciones justo antes de la Guerra Civil, mientras que hoy es un apelativo acaparado por la derecha española. Algo parecido ocurre con el término “estado” al que ahora acudimos para referirnos al conjunto de las comunidades autónomas españolas, mientras que antes formaba parte de las rancias siete leyes que organizaban la dictadura franquista (Leyes Fundamentales del Estado). Hasta el propio término “darwinismo” era empleado ya antes de Darwin para referirse a los trabajos poéticos de su abuelo Erasmus. En fin, vivir para ver.

El caso es que, allá por los primeros años del siglo XX, el botánico holandés Hugo de Vries desarrolló una teoría según la cual la evolución de las especies no procedía mediante pequeños cambios acumulados, de manera lineal o progresiva, como defendía Darwin, sino más bien mediante grandes cambios puntuales o macromutaciones. Es decir, De Vries se convirtió en el adalid del saltacionismo, mientras que Darwin se aferraba al “natura non facit saltus”, un principio que se remonta a Aristóteles, desoyendo el consejo de sus mejores amigos (como T.H. Huxley), que lo consideraban una limitación innecesaria de la teoría. De Vries trabajaba con plantas y observó que podían surgir nuevas variantes de novo, de manera súbita. En efecto, hoy sabemos que eso puede ocurrir por poliploidía, es decir, cuando azarosamente se producen células sexuales (gametos) que en lugar del juego habitual de cromosomas llevan más juegos. De Vries tenía razón: así puede surgir súbitamente una nueva especie de planta, como se ha comprobado en el género Limonium.

Asimilación es el nombre del juego
Una de las razones de que el género Limonium cuente con unas 150 especies es el papel que juegan la poliploidía y la aneuploidía (el hecho de tener diferente número de cromosomas). Pero el neodarwinismo, síntesis del darwinismo clásico con la genética mendeliana, incorporó hábilmente esos fenómenos dentro de su amplio paraguas, al considerar mutaciones tanto la poliploidía como las duplicaciones de cromosomas. Esto tiene truco, porque para el neodarwinismo la mutación era originalmente un cambio puntual, pequeño, en alguna de las bases nitrogenadas de la cadena de ADN. Errores puntuales, como los que puede cometer cualquiera que intente copiar un libro (¡pobres monjes copistas del Medievo!). Según ellos, esos pequeños cambios se irán acumulando hasta producir un gran cambio, una nueva especie. Dicho de otra manera, los neodarwinistas se apropiaron de un nombre (mutación) para dedicarlo a un fin opuesto al original (como en el caso de “popular” y “estado”). Al ver que las evidencias del saltacionismo eran irrefutables en el mundo vegetal, lo incorporaron a su cuerpo de doctrina. Mutación pasó a ser… cualquier cambio que afectara a genes, cromosomas y genomas. Y listo. Muerto el perro, se acabó la rabia. El nombre del juego es “asimilación”, como el que practican las grandes firmas de ropa con las modas que surgen espontáneamente o los propios gobiernos con los movimientos subversivos.

Flores de Limonium sinuatum en Cabo de Gata (Almería). El género Limonium genera especies con rapidez gracias al mecanismo de la poliploidía (explicaciones en el texto). En la actualidad cuenta con unas 150 especies (foto: Luis Iván Moya).

Lo mismo ha ocurrido tras haberse puesto de manifiesto que probablemente la evolución de las especies se da  a menudo mediante mecanismos genéticos más parecidos al saltacionismo de De Vries, que al mecanismo gradual y acumulativo del neodarwinismo. Ese mecanismo consistiría en la alteración, no ya de los genes estructurales, sino de los genes que regulan la expresión de otros genes, a través de las proteínas que codifican. ¿Cómo explicar si no que humanos y chimpancés compartamos nuestros genes en un 99% y seamos tan diferentes? Digamos que en lugar de modificar trozos de la instalación eléctrica de una casa (los genes) iríamos directamente al cuadro general  que controla el encendido y apagado de los electrodomésticos o, más correctamente, actuaríamos sobre el potenciómetro regulando la magnitud de la expresión génica. El neodarwinismo, que todo lo quiere englobar, considera de nuevo que estamos ante otro caso de mutación: se altera un gen regulador, pero un gen después de todo, ¿no? Sí, sí, se altera un gen, pero no es un gen cualquiera. ¡Es el interruptor general! ¿Y cuál es la diferencia? Pues enorme. En lugar de ver la macroevolución como un proceso gradual o acumulativo, propio de un modelo lineal, pasamos a verla como un modelo no-lineal. En este sentido creo que pueden darse tres tipos de modelos no-lineales. El primero sería el estándar (puntual-puntual), en el que un cambio genético puntual da lugar a un salto fenotípico sin más, esquivando de algún modo la velocidad de los diversos mecanismos intermediarios entre genotipo y fenotipo. Otro sería el gradual-puntual, del que ya hablé hace mucho en un Detective de Quercus (1), según el cual pequeños cambios genéticos acumulativos generarían al final un gran cambio fenotípico, a partir de cierto umbral. El último sería un modelo puntual-gradual, cuando un cambio genético puntual acabará manifestándose sin embargo de manera gradual en el fenotipo (la apariencia externa) debido al ajuste progresivo que requieren todos los otros sistemas involucrados en trasladar la información genética (2).

Evolución humana
Ante la frecuente pregunta de si la evolución ha terminado para nuestra especie, la respuesta ha de ser necesariamente doble. Por un lado, siguen operando pequeños cambios microevolutivos que se acumulan de manera gradual y no cambian de manera relevante nuestra identidad: una persona de 100 años puede haber acumulado cientos de pequeños cambios genéticos en su organismo. Pero, por otro lado, no estamos sufriendo grandes cambios.

Tales grandes cambios, si suceden en el futuro, se darán en alguna población marginal y aislada geográficamente (3) porque, según el modelo de equilibrio puntuado, la norma es la constancia en el tiempo rota puntualmente por episodios relativamente rápidos de cambio en poblaciones pequeñas y aisladas. Y con el grado actual de interconexión entre poblaciones es difícil que esto ocurra. Es decir, la especie humana mantiene su identidad y sólo cambiará si en el futuro cambia también nuestra capacidad de desplazamiento.

El concepto de especie
Confiar en un modelo lineal o no-lineal de especiación también tiene repercusiones inesperadas sobre el concepto de especie. Si dos especies oficialmente asumidas solapan sus áreas de distribución e hibridan con éxito, la visión lineal de la evolución se queda sorprendida y descolocada. Si se reproducen y dan lugar a descendencia fértil, como ocurre en los cruces entre pardela balear (Puffinus mauretanicus) y pardela mediterránea (Puffinus yelkouan), como comentábamos en el cuaderno de Quercus del pasado mes de junio, significa que ambas especies forman parte de un continuo y todavía no se han distanciado lo suficiente. Entonces, según el concepto biológico de especie de Ernst Mayr, aún no deberíamos considerarlas especies distintas.

Sin embargo, si recurrimos al modelo no-lineal todo se ve desde un prisma nuevo y el conflicto desaparece. Las especies no surgen mediante un proceso continuo sino discontinuo. La discontinuidad se origina mediante mecanismos genéticos no-lineales que generan especies ecológicamente distintas. Una de las consecuencias de dicho cambio genético puede ser el aislamiento reproductor… Pero puede que no. El aislamiento reproductor no es una condición indispensable. Las especies pueden mantener su identidad mientras sus áreas de distribución estén separadas. ¿Eran Homo neanderthalensis y Homo sapiens la misma especie porque fueron capaces de cruzarse con éxito a pesar de que una evolucionó en Europa y la otra en África? Si a Homo sapiens no le hubiera dado por internarse en Eurasia nunca hubiéramos dudado de que fueran dos especies distintas. El pensamiento no-lineal lleva directamente a apoyar el concepto ecológico de especie de Van Valen, para quien las especies son, en una libre interpretación de sus palabras, soluciones ecológicas al problema de la existencia que resultan ser lo suficientemente distintas  como para no entrar en conflicto por los recursos. Estar reproductivamente aisladas no es un pre-requisito. Tan sólo una posible consecuencia.

¿Aislamiento geográfico, si o no?
Habría que ver si es más fácil que surjan mecanismos genéticos no-lineales en pequeñas poblaciones marginales y aisladas para redondear el modelo del equilibrio puntuado. Desde luego, en esas condiciones es más frecuente la deriva genética y, el efecto fundacional. Quizás también sean más frecuentes los mecanismos epigenéticos debido a nuevas dietas o a situaciones de estrés en condiciones de aislamiento. ¿Lo son también los cambios en las secuencias de regulación? Probablemente sí, como discutiremos en un futuro Detective dedicado al comportamiento de los elementos móviles de nuestro genoma en situaciones de estrés. De serlo, a mi modo de ver, el modelo del equilibrio puntuado quedaría como imbatible para explicar la especiación (e incluso la microevolución). De todos modos, los casos de aparente especiación simpátrica (como el de los peces cíclidos del África oriental, con 1.500 especies aparecidas en los últimos 10.000 años) sugieren que el aislamiento geográfico no es necesario para que los mecanismos genéticos no-lineales operen o se disparen (2), a menos que se hayan dado en el pasado y ahora veamos su resultado como un todo revuelto. Una explicación poco parsimoniosa. 

En definitiva, y por rematar un tema inacabable, la genética moderna ha devuelto, en cierta medida, al concepto “mutación” el sentido original de su creador, el polémico De Vries, y lo ha alejado un tanto del concepto neodarwinista reservado para el cambio gradual y acumulativo. Así están las cosas hoy en día.  ¡Lo demás es jugar con las palabras!

Agradecimientos
Jaume Terradas, Marta Vila y José Manuel Igual comentaron un borrador de este trabajo, pero cualquier error u omisión sólo es atribuible a mi estulticia.


Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2011). ¿Gradual, puntual o gradual-puntual? Quercus, 302: 6-7.
(2) Terradas, J. (2014). Noticias sobre la evolución. Universidad Autónoma de Barcelona. Barcelona.

(3) Arsuaga, J.L. (2001). El enigma de la esfinge. Random House Mondadori. Barcelona.
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miércoles, 27 de julio de 2016

¿Tienes fuego?

No fumo, nunca he fumado. Pero esta frase hecha me pareció una buena manera de atraer la atención del lector hacia un tema complejo: los incendios forestales de grandes dimensiones. Es uno de esos campos para los que todo el mundo tiene una explicación. Quizás es lógico que sea así pues las causas son multifactoriales o, mejor aún, multidimensionales. Pero tratemos de poner un poco de orden dentro del aparente caos.

Cuando uno trata de explicar el porqué de algo en biología necesariamente tiene que hacer una distinción entre causas próximas y causas últimas. Y distinguir entre causas y mecanismos también. Así, jerarquizando, estableciendo niveles, se ven las cosas más claras. En el caso de los incendios forestales hay una causa próxima que salta a la vista: hay muchos incendios de gran extensión, porque hay mucha biomasa acumulada. Sin mucha biomasa acumulada no hay incendios grandes, simplemente.

Pero este primer paso sólo nos lleva a preguntarnos por qué hay tanta biomasa acumulada en nuestros montes. Y aquí es donde entra en juego la multifactorialidad. Vamos a intentar desglosar las distintas causas últimas que pueden haber llevado a esta situación.

Repoblaciones forestales: Buena parte de las masas forestales que tenemos actualmente son hijas de las repoblaciones forestales orquestadas primero desde la dictadura de Miguel Primo de Rivera (años 20 del siglo XX) y posteriormente desde el franquismo. En 1941 se creó el “Patrimonio Forestal Español” (PFE), organismo cuya misión fue potenciar la economía forestal española en plena postguerra, como defensa ante el aislamiento internacional que sufría el régimen dictatorial. La actividad fue frenética, especialmente en la década 1952-1962 y hacia 1965 el trabajo estaba acabado. En poco más de 20 años se había llenado la Península (especialmente el norte) de pinos y eucaliptos (1), con plantaciones extensas y continuas. Huelga decir que las repoblaciones emplearon especies que son o bien pirófitas (que necesitan el fuego para reproducirse) o bien pirófilas (que son beneficiadas por el fuego pero no dependen de él), lo cual no ayuda nada tampoco.

Abandono del mundo rural: Este punto no existe desligado del anterior. Los planes desarrollistas del franquismo se articularon en dos etapas. Primero, el PFE invadió, robó y repobló los terrenos comunales de las comunidades agro-pastorales que eran vitales para el desarrollo de la agricultura, pues de ellos procedía el matorral de leguminosas que se empleaba para generar el abono de los huertos. Con ello puso a los agro-ganaderos y sus economías de subsistencia (que no de comercialización), contra las cuerdas. Una vez conseguido esto el franquismo, a través de los tecnócratas del Opus Dei, da una segunda vuelta de tuerca a la situación y crea el “Plan de Estabilización” (PE). Es decir, surgen grandes factorías y polígonos industriales en las ciudades principales y se fomenta la emigración desde el mundo rural a las ciudades. La mayoría de nosotros somos hijos urbanitas de padres campesinos que vivieron ese tránsito. A resultas de todo ello el campo se vacía y todas las actividades extractivas que se realizaban hasta entonces (que tenían al bosque reducido a una mínima expresión) desaparecen o se minimizan, lo que fomenta la expansión del mundo arbóreo. Seguramente no hemos tenido tanta superficie forestal desde hace muchos siglos.
La raíz de este proceso se podría remontar hasta la importación del capitalismo en este país, de manos de los liberales de Práxedes Mateo Sagasta, quienes trataban con ello de acabar con el secular caciquismo, relicto del medievo. Y también hasta la desamortización de los terrenos comunes practicada por Pascual Madoz. El único tipo de propiedad que se veía rentable para "salir del atraso" era la propiedad individual y así los terrenos comunes empezaron su declive ya desde mediados del siglo XIX (1). Así pues las causas de los incendios de hoy en día hay que buscarlas ¡más de 150 años atrás!

Maquia termomediterránea arbolada con Pinus halepensis, ocupando una umbría valenciana donde la vegetación potencial es la carrasca Quercus ilex ballota. Un auténtico polvorín. La gran acumulación de biomasa es la causa próxima de la gran extensión de los incendios forestales actuales, a su vez debida al abandono del rural y la ausencia o escasez de grandes herbívoros (causas últimas). Foto del autor.

Herbivoría: El abandono del rural y la expansión del bosque han conllevado la expansión de algunos pequeños herbívoros, notablemente el corzo. Pero en nuestros montes falta la herbivoría (ramoneadores y pastadores) del Pleistoceno, la de los grandes mamíferos herbívoros (el caballo salvaje, el uro, los asnos salvajes, el ciervo en muchos sitios). Esa labor fue sustituida en el mundo agrosilvopastoral por la apertura de bosques para la agricultura y por la labor de la gran fauna doméstica (vacas, caballos, burros, cabras, ovejas). Muerto el mundo rural muere también esa importante labor de aclarado de los montes. Es decir, las masas forestales extensas, amantes del fuego, son además demasiado densas. Más densas de lo normal, de lo natural, por así decirlo.

Debido a estas causas últimas llegamos hasta la causa próxima y por todo ello tenemos hoy en día un sustrato base muy favorable para la ignición, especialmente en los secos y tórridos veranos mediterráneos, o en años con condiciones meteorológicas especiales, como pasó en diciembre de 2015 en Asturies, donde los efectos del fenómeno El Niño (escasez de lluvias, altas temperaturas, vientos fuertes) provocaron una oleada de más de cien incendios. Sobre ese sustrato pueden actuar diversos mecanismos de ignición (que habitualmente son tildados de causas).

Azarosos o estocásticos: el caso paradigmático sería el rayo, en las tormentas secas mediterráneas. No es el caso en la región eurosiberiana de la Península Ibérica, pero en el resto de ella (de carácter mediterráneo) la coincidencia en los estíos de las temperaturas más altas con la ausencia de lluvias genera un cocktail muy proclive a los incendios, de manera espontánea. 

Accesibilidad: La colilla que cae desde la ventanilla del coche y por casualidad acaba prendiendo parece un factor estocástico a primera vista, pero muchas veces es consecuencia casi determinista de la mayor accesibilidad a las masas boscosas que generan la apertura de pistas y carreteras en las montañas. 

Históricos: la continuidad de viejas prácticas, como las quemas de rastrojos, podas, matorral, que en los paisajes de antaño era imposible que se nos escapasen de las manos, ahora se convierten en una fuente de peligro. Actividades que “se han hecho toda la vida”, ahora están fuera de sitio en los nuevos paisajes cargados de biomasa.

Sociales: las rencillas entre vecinos o los intereses contrapuestos entre miembros de las comunidades de montes (ganaderos que prefieren espacios abiertos, pastos, frente a otros más interesados en el provecho forestal).

Económicos: aquí entrarían motivos de índole moderna, capitalista, como los intereses urbanísticos. Buena prueba de ello es la facilidad con la que arden los montes cuando las leyes permiten la urbanización del territorio en los terrenos quemados o la venta de madera quemada. Es una invitación a “darle” fuego al monte. También lo son las subvenciones de la Política Agraria Comunitaria a las superficies de pasto para el ganado, que pueden ser percibidas a partir de que haya transcurrido un año del incendio. Los cambios tecnológicos en las empresas papeleras, que pueden preferir un tipo de árbol frente a otro (eucaliptos frente a pinos o eucaliptos finos en lugar de eucaliptos gruesos) puede ser otro motivo de ignición. 

Es útil mantener este esquema jerárquico en mente: causas últimas, causas próximas y mecanismos, sin confundir los unos con los otros, para poder atajar el problema de raíz. 

Recapitulando
En definitiva, no se equivoca del todo el paisano cuando dice que el monte arde porque “está sucio”. Claro, a los ojos del ecólogo y del naturalista, el monte “sucio”, lo que se dice sucio, no está. No tiene basura y la vegetación que vemos es la sucesión ecológica avanzando hacia la vegetación potencial de la zona, recuperando el terreno y el tiempo perdidos, como defendía yo mismo en un Detective ya antiguo (2). Pero hemos de entender lo que quiere decir el paisano. Antaño no había casi bosque. Antaño el poco bosque que había estaba muy aclarado por las extracciones de matorral y por la acción de la herbivoría del ganado doméstico. Y antaño no había incendios tan extensos que ni los hidroaviones pudieran apagar. Hogaño, los pocos y aclarados bosques que teníamos eran sobre todo de frondosas, no de especies pirófitas. Además nuestras masas forestales en recuperación (pongamos una maquia con pinar asociado que camina hacia un encinar) tienen más densidad de matorral del que sería esperable en un paisaje prístino europeo lleno de grandes herbívoros salvajes. Al menos en este aspecto no se equivoca el nativo al exclamar que el monte está sucio. Obviamente él o ella también se refieren a que los árboles ocupan ahora el lugar que décadas atrás era terreno de pasto o zona de cultivo, ganados al bosque con mucho trabajo de sus antepasados. Nosotros sin embargo vivimos esa expansión como algo bueno, como una recuperación de la naturaleza. Pero no hay que olvidar sin embargo que muchas de las especies que caracterizan a la fauna europea silvestre que ha llegado hasta el siglo XXI son especies de espacios abiertos, seleccionadas a lo largo de  milenios de actividad humana. Así pues el regreso del bosque es bienvenido pero se cobrará sus bajas en forma de menos perdices, menos conejos, menos alondras, menos mariposas y menos anfibios. Y más incendios. Muchos más y mucho más grandes. Ya se lo está cobrando de hecho. 

Tal vez los mecanismos autoreguladores se pongan en marcha de nuevo. La crisis económica del mundo basado en el capital sin controles, la crisis de las grandes ciudades poco vivibles, en paralelo con la recuperación de las masas forestales, empieza a atraer gente de vuelta al rural. Puede que los neorurales se conviertan en los nuevos pastores de la biodiversidad, aunque los pioneros lo tendrán muy difícil. Desde luego no podemos esperar que las administraciones puedan manejar el paisaje para mantener grandes zonas abiertas a la fuerza, artificialmente. No creo que sea deseable, desde el punto de vista de la conservación, el regreso a un pasado con un rural superpoblado en el que los bosques queden reducidos a pequeñas manchas y el lobo y la comadreja vuelvan a ser enemigos públicos. Pero el regreso de cierta cantidad de urbanitas concienciados, con nuevas prácticas, nuevas éticas y nuevos objetivos, es probablemente lo mejor que lo podría pasar a la diversidad biológica ibérica. Hasta las especies más forestales, como el urogallo del Pirineo, no llevan bien estos nuevos bosques nuevos tan densos, con poca herbivoría donde a las crías les resulta difícil tener largas distancias de huida de los abundantes depredadores (3). En este sentido la reintroducción de un carnívoro especialista en el bosque como el lince boreal (que ahora comienza a plantearse como una posibilidad) podría tener unas consecuencias tremendas para unos urogallos que viven ahora en bosques muy subóptimos para defenderse de los depredadores. Y desde luego la única manera de acabar con esos devastadores incendios de hoy en día es restarle biomasa al monte, mediante aprovechamientos racionales y de intensidad intermedia y empleando al ganado como sustituto de la megafauna perdida.


Referencias citadas
(1)   Pérez Pintos, X. 2009. Historia contemporánea da destrucción da natureza en Galicia. Edicions A Nosa Terra.
(2)   Martínez-Abraín, A. 2009. Paisajes inventados. Quercus 282:6-7. 


(3)  Fernández-Olalla, M. y colaboradores. 2012. Assessing different management scenarios to reverse the decline of a relict capercaillie population: A modelling approach within an adaptive framework. Biological Conservation 148:79-87. 
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miércoles, 22 de junio de 2016

Híbridos: cuando el ruido es información/Hybrids: when noise is information

Este es un mundo de concursos caninos, felinos, ecuestres o vacunos. Es decir, un mundo en el que se valora la pureza de la raza. Pero la mayoría de los animales domésticos que tenemos a nuestro alrededor son cruzados, mil-leches,  mezclas. Hay muy pocos que sean puros.

Quizá esta obsesión por la pureza de los animales domésticos sea un reflejo del mismo mecanismo cerebral que nos lleva a buscar especies silvestres bien definidas y reproductivamente aisladas. Según el concepto biológico de especie, que enunció Ernst Mayr (1904-2005), el aislamiento reproductivo es la condición indispensable para poder definir a una especie. A cualquier especie, ya sea animal, vegetal, fúngica, protista o procariota. No hace falta decir que eso es… ¡abarcar demasiado! Dejaremos a un lado los organismos microscópicos, donde la transferencia horizontal de ADN está a la orden del día, para hablar de plantas y de animales.

¿Quedan bien definidas las plantas según el criterio de Mayr? Pues, no mucho, la verdad, a tenor de lo muy extendida que está la poliploidía en el mundo vegetal. En otras palabras, los vegetales hibridan con mucha facilidad y generan especies nuevas de manera súbita cuando se produce una irregularidad en la meiosis y no se da la disyunción de los cromosomas. Por tanto, se admite y reconoce que entre las plantas la hibridación es un mecanismo no sólo habitual sino generador de riqueza biológica. De los cruces entre especies vegetales surgen novedades y nadie se extraña de un híbrido vegetal. Pongamos por caso el cruce de dos especies del género Quercus, que da nombre a esta revista. En Extremadura, por ejemplo, llaman “mestos” a los híbridos de encina y alcornoque. Pero cuando esto ocurre en el reino animal se disparan todas las alarmas. Nadie espera que surja nada bueno de un cruce entre especies animales. Tan sólo se espera una pérdida de pureza en el acervo genético de cada especie.


Tafoni. Formación geomorfológica propia de rocas granulares expuestas a diversos mecanismos de erosión física. Se muestra aquí sólo como ejemplo visual de la formación de una retícula. Según la evolución reticulada las especies no sólo se separarían en forma de árbol siempre bifurcante sino que sufrirían también procesos eventuales de fusión por hibridación, dando lugar a una red o retícula. (Foto: internet). 
Evolución reticulada
En el mundo de las plantas más nos valdría olvidarnos de los clásicos árboles filogenéticos, con ramas que se separan, y sustituirlos por una estructura en forma de red. Sencillamente, las ramas del árbol filogenético no sólo sufren divisiones, sino que también experimentan fusiones. Las especies se separan para volver a unirse y luego separarse de nuevo hasta formar un entramado de celdas, una red. Por eso, este tipo de evolución recibe el nombre de evolución reticulada. ¿Sería posible también la evolución reticulada entre los animales?

Me vienen a la cabeza los numerosos casos de híbridos entre aves que los ornitólogos reportan cada año en anuarios y blogs. Es el caso, por ejemplo, de los porrones, los patos buceadores del género Aythya. Se han descrito, por ejemplo, híbridos entre A. ferina y A. fuligula, entre A. fuligula y A. marila, entre A. ferina y A. nyroca y entre A. collaris y A. fuligula. Lo mismo pasa con diversas especies de gaviotas, como las hibridaciones entre Larus hyperboreus y L. argentatus o entre L. hyperboreus y L. smithsonianus. ¿Significa esto que las especies de las que proceden estos híbridos no eran verdaderas especies? Si adoptamos estrictamente el concepto biológico de especie habríamos de concluir que no lo eran.

Pero la definición de Mayr no es la única que se ha formulado. En concreto, el concepto biológico de especie sólo se entiende en el marco teórico de la síntesis neodarwinista. En este contexto, las especies se forman por acumulación progresiva de pequeños cambios a lo largo de un continuo. Es decir, dos especies animales que hibridan son vistas como un complejo que antaño era una misma cosa y que aún no ha llegado a separarse del todo. Van en ese camino sí, pero aún no han llegado al aislamiento reproductivo completo, reza el neodarwinismo. Las formas que quedan a mitad de camino se consideran sub-especies o también semi-especies.

Especies ecológicas
Pero, ¿y si en lugar de ese modelo lineal de aparición de especies adoptamos otro diferente, uno no-lineal en el que pequeños cambios genéticos (por ejemplo en genes reguladores) pueden marcar una diferencia fenotípica sustancial, pero no relacionada con el aislamiento reproductor? Un modelo para el que las subespecies no pasarían de ser meros accidentes no adaptativos debidos a  deriva genética. Hablaríamos entonces de “especies ecológicas”, como las definió el gran ecólogo evolutivo americano Van Valen, que se mantienen como tales simplemente porque son soluciones distintas al problema de la existencia. Habitan en regiones separadas, tienen distintas zonas de invernada, de muda o de forrajeo, y no interaccionan entre sí. Pero sin las fronteras geográficas que las separan podrían cruzarse sin problemas. Es decir, el aislamiento reproductor deja de ser una causa de especiación para convertirse en una consecuencia, que puede o no darse. Entonces desaparecen de golpe nuestros problemas con los híbridos. En definitiva, las especies pueden generarse de manera relativamente rápida (a escala de tiempo geológico) y esa especiación –esto es importante– puede tener como consecuencia, o no, el aislamiento reproductor. En ese momento comenzaría el nacimiento de algo nuevo a través del proceso de hibridación. Las especies ecológicas animales, como las vegetales, responderían a un modelo de evolución en forma de red.

¿No es esto hermoso? Sistemas dinámicos que se separan y se juntan para volver a separarse, siguiendo el ritmo que determine el azar y la evolución de los ecosistemas. Esto entronca, por cierto, con la famosa idea de nuestro querido Ramón Margalef de que la evolución se da en el marco de la sucesión de los ecosistemas. Pensemos, por ejemplo, en el chimpancé y el bonobo, separados desde hace un millón y medio de años por el río Congo en África central. Si ahora esa barrera biogeográfica desapareciera, ¿podrían hibridar el bonobo y el chimpancé? Yo no apostaría mi brazo derecho a que no. ¡Al menos, no antes de que se averigüe cómo demonios puede regenerarse un miembro perdido, al estilo de las estrellas de mar o del ajolote mexicano!

Pardela balear (Puffinus mauretanicus) en la hura donde se reproduce. Esta especie hibrida con la pardela mediterránea (P. yelkouan) allí donde coinciden sus áreas de distribución, como en la isla de Menorca. Lo cual no es algo anormal ni significa que ambas pardelas pierdan su categoría de especie (Foto: Maite Louzao).

Pardelas en el Mediterráneo
Otro ejemplo que me resulta familiar es el de las pequeñas pardelas del género Puffinus. Desde que el Mediterráneo abandonara su periodo de desecación hace algo más de cinco millones de años (1), ha visto como surgían varias especies distintas de pardelas a partir de un ancestro común, de las cuales actualmente sólo sobreviven dos. Como sabéis, una vive en la parte oriental del Mediterráneo (P. yelkouan) y su especie hermana en la occidental (P. mauretanicus). Resulta que las áreas de distribución de ambas especies coinciden en la isla de Menorca y allí hibridan (2). ¿Acaso eso significa que no son especies verdaderas? Con el concepto ecológico de especie en la mano no hay ninguna duda de que lo son: crían y se alimentan en zonas distintas, y difieren morfológicamente. Simplemente, su especiación ecológica no incluyó el aislamiento reproductor y los individuos que coinciden en Menorca pueden hibridar. Si ese proceso se extendiera de manera espontánea a un porcentaje alto de la población podría suponer el final de una de esas especies, pero surgiría algo nuevo en su lugar (2b).

¿No podría ser este un mecanismo habitual de especiación en animales? Nosotros mismos, los Homo sapiens, somos los primeros híbridos “impuros”. Además de nuestro ADN propio, llevamos a cuestas el de los neandertales, los denisovanos y los pre-denisovanos, que sepamos hasta ahora. No somos una mezcla a partes iguales, pero portamos ADN de tres especies de humanos arcaicos. Tras nuestra salida del continente africano nos fuimos mezclando con todos los humanos que encontramos en Eurasia. ¿Más ejemplos? Un 10% de los genes de los coyotes del este de Estados Unidos viene de los perros domésticos y un 25% directamente del lobo.

Cambio climático e hibridación
Me viene a la cabeza aquella campaña de erradicación de malvasía canela en los años noventa, una especie americana, porque hibridaban con la nativa malvasía cabeciblanca. Probablemente interrumpimos artificialmente un proceso de evolución que fue iniciado involuntariamente al trasladar malvasías americanas al Reino Unido y dejar que se escaparan. En tal caso la erradicación parece justificada, porque no fue un proceso espontáneo, sino mediado por nosotros, pero ¿qué hubiéramos hecho si las malvasías canales hubiesen llegado por sus propios medios? Me temo que lo mismo.

Más bien, deberíamos ir acostumbrándonos a esto de la hibridación. A medida que el planeta se calienta, las áreas de distribución de las especies terminan por entrar en contacto y son cada vez más las que hibridan entre sí. En Norteamérica, los osos pardos están hibridando con los osos polares, al igual que las ardillas voladoras del sur con las del norte, varias especies de reinitas del género Dendroica o las mariposas amazónicas del género Heliconius (3). Bien podría pasar que los híbridos, en lugar de tener problemas de adaptación, se inserten ecológicamente con mayor facilidad y rapidez en sus ecosistemas cambiantes (4). Es el mismo vigor híbrido que se busca al mezclar distintas variedades de animales domésticos para generar mestizos más resistentes. De hecho, esto es precisamente lo que parece estar pasando con los coyotes híbridos (coywolves) en aquellos lugares donde el lobo había sido extirpado con anterioridad. Y ese parece ser también el caso de nuestra especie, sin ir más lejos, que ha visto reforzado su sistema inmune gracias a la hibridación con Homo neanderthalensis.

Al menos durante los periodos de cambio climático –y los ha habido para dar y regalar en la historia del planeta– la hibridación ha debido ser el pan nuestro de cada día, un mecanismo más de diversificación de animales y vegetales. Como tal, merece nuestro respeto. También ha ocurrido en poblaciones isleñas que quedan reducidas a un tamaño muy pequeño, pero que tienen alguna especie hermana a mano con la que mezclarse como último recurso de supervivencia. No podemos tenerlo todo bajo control ni esperar que el mundo se mueva por los caminos que nosotros consideramos aceptables. La naturaleza se empeña una y otra vez en demostrarnos que puro no hay nada, que la diversidad de estrategias es la norma y que el mundo imaginado tiene poco que ver con el real.

Agradecimientos
A Carlos Herrera, por hablarme del concepto de evolución reticulada. Jaume Terradas y Marta Vila leyeron sendos borradores del trabajo y aportaron valiosos comentarios.

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2014). El mar entre tierras… humanizadas. Quercus, 337: 6-8.
(2) Genovart, M. y otros autores (2005). Two sibling species sympatrically breeding: a new conservation concern for the critically endangered Balearic shearwater. Conservation Genetics,  6: 601-606.  
(2b) Genovart, M. y otros autores. (2012). Genetic and phenotypic differentiation between the critically endangered Balearic shearwater and neighboring colonies of its sibling species. Journal of Heredity 103:330-341. 
(3) Breining, G. (2015). Coydogs and lynxcats and pizzlies. Disponible en: http://ensia.com/articles/coydogs-and-lynxcats-and-pizzlies-oh-my/
(4) Arnold, M.L. (2006). Evolution through genetic exchange. Oxford University Press. Oxford.
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viernes, 27 de mayo de 2016

¡Cuéntame!

Una de las actividades más provechosas para gestionar flora y fauna es, simplemente, contar. Pero muchas veces no se hace, o se hace mal. Por ejemplo, hay que contar en el momento oportuno.

Para determinar a qué ritmo crece o decrece una población, lo mejor es someterla a una serie de conteos. También nos servirá para proyectarla  hacia el futuro y predecir así qué tamaño tendrá al cabo de horas, días, semanas, meses o años. Todo según la especie que nos interese y las preguntas que queramos responder. Pero contar implica cometer errores.

Cuéntame, pero cuéntame bien
Imagina que tu tarea es averiguar cuántos nidos de gaviota patiamarilla hay en un islote cualquiera. Si estamos hablando de un islote pequeño y con poca vegetación no será difícil. Lo más seguro es que cuentes todos los nidos. Pero si hablamos de un espacio más grande la cosa cambia. Incluso con un equipo de muchas personas es fácil dejarse algún nido sin contar, escondido entre la vegetación. En estos casos puede utilizarse una sencilla técnica denominada “captura-marcaje-recaptura”. Consiste en recorrer la parcela no una, sino dos veces. Durante la primera vuelta debes marcar todos los nidos que encuentres. Las marcas deben ser fáciles de ver pero difíciles de eliminar por las gaviotas. En la segunda vuelta anotarás tanto los nidos ya marcados como los que encuentres nuevos. Esa es toda la información que necesitas para estimar el número total de nidos.

¿Cómo? Pues mediante una sencilla regla de tres. Basta con asumir que la proporción de nidos totales respecto a nidos marcados se mantiene constante entre las dos vueltas. Nunca he puesto una fórmula, una ecuación (¡y van ya más de 70 Detectives!), pero siempre hay una primera vez. Para poder explicarlo, os presento… el índice de Lincoln-Petersen: N/M = C/m. Donde N es el tamaño total de población que anhelamos averiguar, M el número de nidos marcados en la primera vuelta, C el número total de nidos encontrados en la segunda vuelta y m el número  de nidos encontrados en esa segunda vuelta que ya habían sido marcados en la primera. Si os fijáis, la situación ideal sería que m fuera igual a C, es decir, que en la segunda vuelta todos los nidos que encontremos ya hubieran sido localizados y marcados en la primera. En tal caso el cociente es igual a 1, por lo que la relación N/M es también necesariamente igual a 1, lo que quiere decir que el número real de nidos en la población es exactamente el que encontramos en la primera vuelta. Nuestro censo no habría tenido error. Pero eso pasa pocas veces. Veamos un ejemplo con números.

Supongamos que en la primera vuelta encontramos 80 nidos. En la segunda encontramos 60, de los cuales 40 ya estaban marcados por nosotros en la primera vuelta. Por lo tanto, el número estimado de nidos será de 120. Recordad que estamos hablando de estimas  aplicando el índice de Lincoln-Petersen. Si nos hubiéramos fiado de la primera vuelta nos habríamos ido a casa pensando que hay 80 nidos, mientras que había 120 en realidad. Habríamos subestimado el número de nidos en nada menos que ¡un 33%! Lógicamente, cuanto más parecidos sean C y m menos diferencia habrá también entre el primer conjunto de nidos marcados y la estima definitiva.


Zorro con un conejo en las fauces detectado por cámara de foto-trampeo. Si un zorro listo quisiera averiguar cuantos conejos hay en su territorio tendría que hacer una sesión de captura, marcar a los conejos, liberarlos sanos y salvos y volver a hacer una segunda sesión de captura (foto: Daniel Cara).
Cuéntame y estímame
Aunque la estima final puede ser puntual (un sólo número de nidos), también cabe calcularla en forma de intervalo, lo cual es mucho más adecuado. En el caso anterior (para no meter aquí otra fórmula tendréis que fiaros de mí) la estima oscila entre un mínimo de 93 y un máximo de 173 nidos.. Y ese sería nuestro resultado final. O bien nos quedamos con la estima puntual del índice de Lincoln-Petersen de 120 nidos, que sería equivalente a una media, o bien ofrecemos el intervalo de confianza en torno a esa media en forma de horquilla: entre 93 y 173 nidos.

Ahora ya tenemos una estima sólida a partir de la cual podemos calcular el ritmo de crecimiento de la población (mediante procedimientos matemáticos que no vienen al caso) y proyectarlo en el futuro. Suponiendo, claro está, que las cosas sigan sucediendo como hasta ahora.

Huelga decir que este procedimiento no sólo sirve para contar cosas estáticas, como los nidos de gaviota, sino también cabras, lobos, escarabajos o sapos. Cualquier animal que pueda ser capturado y marcado sin que eso afecte a las subsiguientes localizaciones ni a su supervivencia. Es cierto que algunos animales son difíciles de capturar o que más vale no hacerlo. Entonces lo mejor es contarlos no una sola vez, sino varias, para poder determinar nuestro grado de error (1, 2). Una forma más sofisticada de estimar N es marcar a los individuos capturados de manera individualizada (con códigos) o identificar sus marcas naturales, tarea que facilita la fotografía digital, y seguirlos a lo largo del tiempo. Es verdad que requiere mucho  esfuerzo  volver a localizar repetidas veces a los animales marcados, pero tiene la ventaja de que nuestra estima de la población será un dato sólido y que el proceso nos permitirá estimar otros parámetros demográficos importantes. A veces la genética viene en nuestra ayuda y nos permite contar los animales a partir del ADN de sus restos, como en el caso de los excrementos de nutria (3). Además, genética y captura-recaptura no son técnicas excluyentes, sino complementarias.

Cuéntame, pero en el momento oportuno
Otro problema habitual en este mundillo nuestro es que no se evalúan las medidas de gestión. El responsable suele pensar en solucionar un problema, pero no diseña su actuación de forma que pueda evaluar luego su éxito. Lo cual es fundamental para saber si se han invertido bien tanto el esfuerzo como el dinero y si vale la pena o no repetir la experiencia en otros sitios. Pongamos que se construye una vía del tren de alta velocidad y la Administración, en su declaración de impacto ambiental, considera necesario construir pasos para la fauna. De poco servirá hacerlos si luego nadie se para a evaluar su eficacia y eso exige planificar un protocolo mínimamente sesudo.

Dicho procedimiento se denomina BACI, unas siglas que todo gestor debería llevar grabadas a fuego en su mente. BACI viene de Before-After, Control-Impact. Es decir, para evaluar la efectividad de algo hemos de contar, sí, pero antes (before) y también después (after) de cada actuación. Lo ideal sería contar también durante, sobre todo en actuaciones a largo plazo. Y no sólo eso, sino que necesitamos contar también en la zona tratada (impact) y en otra lo más parecida posible (control) que no se haya visto alterada por la actuación cuya influencia queremos evaluar.

Vamos a suponer que llevamos a cabo una campaña de desratización en un islote y que luego queremos saber si eso ha tenido algún beneficio para las plantas que se comían las ratas. No basta con ir después y ver si hay muchas plantas. Para empezar, habría que comparar ese “muchas” con algo que nos permita cuantificar su aumento en densidad o diversidad, o sea, con la situación previa. En segundo lugar, hay que considerar otros posibles factores que pueden arrojar el mismo resultado; por ejemplo, quizá las plantas se recuperaron por eliminar las ratas o bien porque justo llovió en esos días lo que no había llovido en meses. Esa información nos la dará nuestro islote control, en el que observaríamos si, a pesar de tener ratas, las plantas han aumentadotambién.. Para ser justos hay que admitir que en los trabajos de campo es difícil contar con controles verdaderos. Necesitamos un islote de tamaño y características semejantes al que vamos a manejar. Pero eso, estrictamente hablando, no sucede nunca y habrá que conformarse con uno lo más parecido posible. Como la propia evolución siempre trabajamos con lo menos malo disponible, que puede distar mucho de lo mejor imaginable.
Una vez hechos los conteos en parcelas debidamente escogidas, hemos de encontrar que la variable más relevante para explicar las variaciones en la densidad de plantas es la interacción entre el antes/después y el control/tratamiento. En tal caso podremos concluir que el cambio en densidad sucedió de manera diferente en la parcela objeto de tratamiento con respecto a la que sirve de control. Si todo ha salido como esperábamos, el aumento del después respecto al antes debería ser mayor en la parcela tratada que en la control.

Cuéntame, pero no me cuentes cuentos
Para hacer las cosas bien sólo hace falta un poco de previsión y organización. Y saber echar a posteriori unos cuantos números. No cuesta gran cosa diseñar bien nuestro trabajo de campo y las ventajas son sustantivas. En el supuesto de la desratización diríamos que, en efecto, fue una actuación positiva para las plantas (no se debió a otra cosa por casualidad) y hubo un aumento en riqueza o densidad de especies cuya magnitud podemos cuantificar. ¡Perfecto!

Si tenéis responsabilidades públicas (o privadas) en el mundo de la gestión de la naturaleza, por favor, iros a dormir con estos nombres en la cabeza: Lincoln-Petersen y BACI. Las mejoras que pueden reportar a vuestra vida profesional son enormes. Para mi forman parte de lo que podríamos denominar “un mundo mejor” en lo que respecta a conservación de la biosfera.


Agradecimientos

A Daniel Oro, Giacomo Tavecchia y José Manuel Igual por leer y comentar un borrador del artículo.


Bibliografía

(1) Bibby, C.J. y otros autores (2000). Bird census techniques. Academic Press. London.

(2) Tellería, J.L. (1986). Manual para el censo de los vertebrados terrestres. Raíces. Madrid.

(3) Thalinger, B. y otros autores (2015). Molecular prey identification in Central European piscivores. Molecular Ecology Resources. Disponible en Doi:10.1111/1755-0998.12436
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viernes, 22 de abril de 2016

¿Refugiados o adoptados?

Cuando una perturbación afecta al hábitat original de una especie, tanto si ha sido provocada por el ser humano como si no, los afectados tienen dos posibilidades. O bien se trasladan a otro hábitat diferente y tratan de encajar en él. O bien se instalan en un entorno artificial que casualmente reúna los atributos básicos de su lugar de procedencia.


Los bisontes europeos (Bison bonasus) son un buen ejemplo del primer caso enunciado en la entradilla. Evolucionados en los extensos pastizales que se abrieron durante los picos glaciares, una vez retirados los hielos fueron a refugiarse en el interior del bosque. Para describir el proceso algunos autores han acuñado las expresiones “especies refugiadas” y “refugios” (1). Ese sería el caso también de las focas monje (Monachus monachus) de la colonia de Cabo Blanco (Mauritania), de las que ya hablé en 2008 (2). El ambiente original de las focas eran las playas, pero acabaron sobreviviendo en el interior de las cuevas, un hábitat menos adecuado y más peligroso que todos los años se cobra un tributo en cachorros cuando los temporales sacuden aquellas costas acantiladas.

Un tercer caso de megafauna refugiada sería el de los osos pardos (Ursus arctos) de la cordillera Cantábrica. Hemos crecido aprendiendo que los osos viven en las montañas abruptas del norte de España, pero en el pasado –como los lobos y los quebrantahuesos– estaban distribuidos por todo tipo de ambientes. Si pienso en la anatomía de los osos, les veo felices en ambientes con no demasiada pendiente, en montañas amables. Sin embargo, fueron eliminados de toda la Península salvo en los valles del norte, donde se libraron de la quema por cuestiones circunstanciales. En Asturias, por ejemplo, la gran pendiente del terreno debía hacer poco rentable la extracción de madera y sospecho que también pudo ser esencial la pujanza de la minería del carbón. Es cierto que los mineros mataban osos en su tiempo libre, pero disponer de carbón mineral en abundancia pudo evitar que se explotaran los bosques norteños para obtener carbón vegetal, como en el resto del territorio hispano hasta tiempos recientes. Así pues, una actividad industrial depredadora podría estar paradójicamente detrás de la persistencia del oso hasta el siglo XXI.

Finalmente, es probable que el lobo (Canis lupus) también sea una especie refugiada en los bosques, a juzgar por su reconocida capacidad para cubrir largas distancias con un trote económico, figura que evoca al mítico lobo estepario.

No, no es una base espacial en la luna. Es tan sólo una colonia de gaviotas de Audouin (Laurus audouinii) en la dársena sur del puerto de Castellón. Un entorno completamente artificial que, sin embargo, cumple con holgura sus funciones como hábitat de sustitución del hábitat original de la especie (Foto: Pepe Greño).

Exilios forzosos
Al margen de los grandes mamíferos, uno de los equipos de investigación con los que colaboro tardó mucho tiempo en darse cuenta de que uno de nuestros principales modelos de estudio, la gaviota de Audouin (Larus audouinii), también era una especie refugiada. En este caso, había sido arrinconada en los islotes mediterráneos donde empezamos a encontrarla en los años setenta del siglo pasado. El espacio al que pertenece (where they belong, como dicen los anglosajones) son las playas y campos dunares cambiantes, que explican bien a las claras su carácter nómada. Cuando la actividad turística usurpó esos ambientes costeros tuvieron que refugiarse en los islotes. Pueden sobrevivir allí, pero tienen menos éxito individual y colectivo, medido en supervivencia, productividad y tasa de crecimiento poblacional. Las gaviotas de Audouin crían mejor en las dunas del delta del Ebro que en las islas Columbretes. Del mismo modo que los osos obtendrán un mayor éxito reproductor cuando puedan bajarse de sus refugios de las montañas para instalarse de nuevo en relieves más suaves. Las propias focas monje sacan adelante más crías cuando pueden abandonar las cuevas y reproducirse en playas abiertas.

Buitres enriscados
A pequeña escala, el buitre negro (Aegypius monachus) también se comporta como un refugiado cuando elige sus lugares de cría en Mallorca. En lugar de formar colonias laxas en los extensos encinares de la sierra de Tramuntana, escoge pinos que crecen en los abruptos acantilados de este sistema montañoso. Una elección difícil de explicar, a menos que los encinares mallorquines estuvieran llenos de personas ocupadas en diversas actividades de subsistencia (carboneros, yeseros, porqueros) hasta los años sesenta, como así fue. El monte era entonces un ambiente pre-industrial, más que un lugar salvaje. De ahí se pasó, casi sin solución de continuidad, a tener las montañas llenas de ejércitos de excursionistas.

El caso es que los buitres probablemente no encuentran la tranquilidad que necesitan para criar en su hábitat predilecto. De hecho, pienso que su población no termina de despegar debido a que los jóvenes reproductores no encuentran pinos adecuados para instalar el nido en los acantilados. Es más, los buitres tienen una alta tasa de supervivencia, encuentran abundante alimento en los comederos y nunca se han regateado esfuerzos en su defensa. La predicción sería, por tanto, que cuando empiecen a criar en los encinares su población crecerá de forma exponencial hasta que otro tipo de recurso establezca un nuevo límite.


Las nutrias son especies adoptadas en los embalses. Estos medios sustituyen bastante acertadamente (y sin intención) las características de los cursos medios y bajos de los ríos donde las nutrias evolucionaron originalmente (Foto del autor)
Hábitats de sustitución y especies adoptadas
En ocasiones, las especies que han visto perturbado su ambiente original no deciden trasladarse a un hábitat natural alternativo, sino a un entorno altamente modificado o incluso producto de la actividad humana. Hace poco hemos denominado “hábitats de sustitución” a estos ambientes que satisfacen, sin pretenderlo, los requerimientos esenciales de una especie. Y, del mismo modo, llamamos a sus ocupantes “especies adoptadas” (3).

Los embalses y las nutrias (Lutra lutra) son un buen ejemplo de ambos conceptos. En los años ochenta pensábamos que las nutrias amaban las cabeceras impolutas de los ríos interiores. Pero pasábamos por alto el hecho de que las nutrias habían tenido que refugiarse en esas cabeceras fluviales debido a que en los tramos medios y bajos la presión humana era mayor. Ahora que ya no se les persigue y los ríos cuentan con depuradoras, vemos cómo las nutrias regresan a sus ambientes originales. Pensado fríamente ¿quién querría vivir en la parte alta de un río si a medida que bajas hacia el mar aumenta el número y la densidad de especies presa? Artefactos. Lo que veíamos eran artefactos.

Ahora lo habitual es encontrar nutrias en los embalses que se han construido, por regla general, en el tramo medio de los ríos. Los pantanos reproducen bastante bien algunas de las características propias de desembocaduras y estuarios, con sus aguas calmas y profundas ricas en presas, aunque muchas de ellas sean especies exóticas e invasoras. Obviamente, las nutrias crían mejor donde abunda el alimento y pueden practicar distintas técnicas de caza. Desde el buceo en profundidad, apurando los 30 segundos de apnea, hasta la prospección detallada de las orillas, según la época del año. Una nutria de embalse se parece más a una nutria marina que a una nutria de cabecera. Es más, antaño las nutrias europeas de hábitos marinos debían de ser más abundantes de lo que nos pensamos.

De hecho, el mar es una fuente de alimento más feraz que el río. Y las nutrias son voraces. Mi amigo y colega Juan Jiménez, me explicaba hace un tiempo que el nombre de las nutrias viene de nutrirse, porque no paran de cazar. Yo mismo las he visto capturar 13 peces en 26 minutos, un lance tras otro, en un embalse gallego. Hay que tener en cuenta que el agua está fría, sobre todo en invierno, y que las nutrias, a diferencia de las focas, no cuentan con una gruesa capa de grasa subcutánea que las aísle, de modo que han de alimentarse sin parar para compensar las graves pérdidas de calor corporal. Son poco más que garduñas con un buen traje de neopreno, como vislumbraba Carlos Herrera el otro día que hablábamos de estos mustélidos.

La mejor opción
Otros ambientes sustitutivos son, por ejemplo, los medios urbanos, donde se han asentado aves y mamíferos que procedían de entornos forestales. También las especies propias de pastizales abiertos han encontrado un buen remedo de su hábitat primigenio en los campos de cereal, ya sean arrozales o trigales. Ninguno de estos medios se ha creado a propósito para favorecer a la fauna, pero resultan ser, por mera casualidad, muy adecuados para determinadas especies.

Lógicamente, un ambiente de sustitución nunca será tan bueno con el original, sobre todo porque no reproduce el mismo tipo de comunidades y, por lo tanto, pierde diversidad e información por el camino. Pero pueden llegar a ser una alternativa muy buena e incluso a proporcionar mayores tasas de éxito reproductor que los ambientes originales. Es lo que está pasando con la gaviota de Audouin, que deja las playas y dunas del delta del Ebro para trasladarse a salinas, marinas y puertos, donde sus poblaciones crecen a buen ritmo. La mayor colonia actual de esta especie se encuentra en una dársena del puerto de Castellón. ¿Por qué? Bueno, la disponibilidad de alimento sigue siendo alta gracias a los descartes de la flota pesquera y, además, la presión de los depredadores es allí menor. En el delta los depredadores habían encontrado un buen sitio para saquear los nidos de las gaviotas, pero no se acercan al puerto debido a lo que llamamos “efecto espantapájaros”.

La colonia del puerto pasará a la historia antes de que muchos depredadores acaben por localizarla y la conviertan en un sitio indeseable, ya que cuando se reanuden las obras de ampliación desaparecerá el espacio ahora disponible. Quizá para entonces la presión de los depredadores haya vuelto a reducirse en las dunas y playas del delta y las gaviotas regresen a reclamar sus antiguos feudos. Hacer las maletas de tanto en tanto está en los genes de cualquier especie que nidifica directamente en el suelo. Mientras, habrán sido adoptadas por su hábitat de sustitución. 


Bibliografía

(1) Kerley, G.; Kowalczyk, R. y Cromsigt, M. (2011). Conservation implications of the refugee species concept and the European bison: king of the forest or refugee in a marginal habitat? Ecography, 35: 519-529.
(2) Martínez-Abraín, A. (2008). Fotogramas. Quercus, 270: 6-7.
(3) Martínez-Abraín, A. y Jiménez, J. (2015). Anthropogenic areas as incidental substitutes for original habitat. Conservation Biology, (en prensa). Disponible en DOI: 10.1111/cobi.12644


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